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El ejemplo del periodismo independiente nicaragüense: entre la resistencia y la unidad en la diversidad

Por Flavio Cárdenas | 08 de agosto 2025

Pocas instituciones sociales han demostrado tanta coherencia, valentía y sentido de propósito como el periodismo independiente nicaragüense. En los años más oscuros de la historia reciente del país —marcados por la censura, la persecución política, el exilio forzado y la criminalización de toda voz crítica—, han sido los medios no oficialistas quienes, a riesgo de todo, han sostenido la llama de la verdad y el derecho ciudadano a la información.

No comenzaron en 2018. Desde mucho antes, estos medios venían alertando sobre la corrupción, el nepotismo, la concentración de poder, la destrucción institucional y el deterioro de los derechos humanos. Lo hacían cuando aún era posible operar desde el territorio nacional, pero ya bajo vigilancia, amenazas y restricciones.

Luego vino la rebelión de abril, y con ella, la brutal arremetida del régimen. En pocos meses, redacciones fueron allanadas, medios cerrados, bienes confiscados, periodistas encarcelados o forzados al exilio. Sin embargo, el periodismo independiente no se rindió. Se transformó en redes, en plataformas digitales, en micrófonos improvisados, en alianzas transnacionales. Desde donde pueden, siguen informando, documentando y denunciando, muchas veces más rápido y con más rigor que los grandes medios internacionales.

Hoy, Nicaragua sigue teniendo acceso a información veraz y contrastada gracias a esa resistencia. Sin prensa libre, no sabríamos lo que ocurre en los tribunales, en las cárceles, en los municipios, en los centros de detención clandestinos, ni en las calles donde la represión sigue viva. Pero el ejemplo de estos periodistas no se limita a su papel informativo.

Hay una segunda dimensión de su trabajo que debería inspirar al resto de la sociedad nicaragüense, especialmente a sus liderazgos políticos y sociales: el modo en que, a pesar de sus diferencias, coexisten, colaboran y se respetan mutuamente.

Los medios de comunicación independientes compiten, sí, como es natural en cualquier ecosistema mediático. Buscan audiencias, primicias, credibilidad. Pero no lo hacen desde la destrucción mutua. No se atacan, no se sabotean, no deslegitiman el trabajo de los demás. Al contrario, se apoyan. Comparten fuentes. Replican noticias de otros medios con los créditos correspondientes. Se protegen frente al poder. Y, sobre todo, comparten un objetivo superior: informar al pueblo nicaragüense y romper el cerco del silencio impuesto por la dictadura Ortega Murillo.

Esa competencia sana, respetuosa, complementaria, es justamente lo que le ha faltado a la clase política nicaragüense. Durante años hemos visto cómo la fragmentación, los egos, las desconfianzas, las pugnas internas y el sectarismo han debilitado cualquier intento serio de unidad democrática. Líderes y agrupaciones que coinciden en el diagnóstico del problema —la dictadura— terminan más ocupados en disputarse espacios que en construir soluciones comunes.

Los medios independientes nos enseñan que no es necesario pensar igual para caminar juntos. En sus redacciones y micrófonos hay periodistas que fueron sandinistas y otros que nunca lo fueron. Hay conservadores, liberales, progresistas. Pero todos entienden que la causa es mayor que las etiquetas: derrotar el oscurantismo, romper el monopolio de la mentira y restituir el derecho de la ciudadanía a saber y a decidir con base en información.

Ese es el ejemplo que necesitamos replicar. No se trata de uniformidad ideológica, sino de respeto mutuo, coordinación táctica, y reconocimiento del valor del trabajo ajeno. Se trata de entender que, mientras el enemigo común siga siendo la dictadura, las demás diferencias deben pasar a un segundo plano. Y cuando llegue el momento de reconstruir, será más fácil hacerlo si se ha cultivado la convivencia en medio de la diversidad.

Hoy, más que nunca, el periodismo independiente no solo informa: inspira. Nos recuerda que sí es posible resistir sin renunciar a los principios. Que sí se puede competir sin destruir. Que sí se puede disentir sin fragmentarse.

Ojalá el resto del país —especialmente quienes aspiran a conducirlo hacia la democracia— tome nota.