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Medicamentos para bajar de peso

Leonel Argüello Yrigoyen, médico epidemiólogo.

Los medicamentos para bajar de peso se utilizan cuando los cambios en la alimentación y la actividad física no han sido suficientes y el exceso de peso representa un riesgo para la salud. En la actualidad existen varios fármacos aprobados que actúan principalmente reduciendo el apetito, aumentando la saciedad o la sensación de lleno y disminuyendo la absorción de grasa.

El Índice de Masa Corporal (IMC) es una forma simple de estimar si el peso de una persona es adecuado para su estatura. Se calcula así: IMC = peso en kg ÷ (estatura en metros). Un kilogramo es igual a 2.2 libras. Por ejemplo, una persona que pesa 80 kg y mide 1.70 m, se calcula así: 80 ÷ (1.70 × 1.70) = 27.7. Este último número se lleva a una interpretación donde si estás en menos de 18.5 es bajo peso; si caes entre 18.5-24.9 tu peso es normal; si como el ejemplo actual de 27.7 caes entre el rango de 25-29.9 estás sobrepeso y el rango de 30 o más es considerado como obesidad. Para las personas con IMC de 30 o más se les indican estos medicamentos, igualmente para los que tienen IMC igual o mayor a 27 con enfermedades asociadas, como diabetes, hipertensión, colesterol alto o apnea del sueño.

Los medicamentos para la obesidad han evolucionado rápidamente. Hoy no solo importa cuánto peso se pierde, sino también cuándo ocurre y si el fármaco es oral o inyectable, siendo este último mejor, ya que influye en la eficacia, la seguridad y la adherencia o cumplimiento en la toma o la inyección de la medicina.

Estos medicamentos, como otros, han visto ampliado su uso al constatar que existían reacciones secundarias beneficiosas.  Por ejemplo, los agonistas de GLP-1 y GIP son los más eficaces, pues logran una disminución del apetito en 1 a 2 semanas y la pérdida inicial de peso ocurre entre las 4 y las 8 semanas.  5% del peso en aproximadamente 3 meses; 10% entre 6 y 8 meses y hasta un 15% o más entre los 12 y 18 meses. Pero si suspendes el medicamento, se puede recuperar entre el 30% y el 60% del peso perdido si no se mantienen cambios en el estilo de vida.

No se recomienda en embarazadas ni en lactancia y no se usa en personas con antecedentes familiares de tumor en la tiroides.

Los efectos secundarios frecuentes son náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento y acidez. Pueden causar pancreatitis o inflamación del páncreas en casos raros, y también aumentar el riesgo de cálculos o piedras en la vesícula biliar.  

Lo recomendable es perder peso gradualmente porque reduce la pérdida de músculo, mejora adherencia o cumplimiento al tratamiento, disminuye efectos secundarios y permite cambios sostenibles.

Estos tratamientos no son una solución mágica. Funcionan mejor con cambios en la alimentación y el ejercicio. No solo disminuye la grasa, sino también el músculo o la masa muscular; por eso, la actividad física, el ejercicio y consumir suficientes proteínas que construyen músculo son importantes. Deben ser indicados por un médico, vigilar la presión arterial, la glucosa, la función hepática y los síntomas digestivos. Suspender si aparecen síntomas como, dolor abdominal fuerte, vómitos persistentes, ictericia o color amarillento de ojos y piel, dolor intenso en espalda o abdomen.

Los mejores resultados se obtienen cuando se combinan con una dieta supervisada, una nutrición adecuada, el manejo del estrés, un sueño de calidad, un ejercicio regular, terapia conductual y seguimiento médico. Sin estos, la pérdida de peso puede ser menor y recuperarse más fácilmente.