En junio de 2021 nos encontramos diez exiliados, unos de la generación de 2018 y otros de la recién promoción de ese año. Fue un encuentro emotivo. Yo lo asocié como cuando hemos salido del terremoto o de una batalla y, después de limpiarnos el polvo, comenzamos a ver quiénes quedábamos libres para seguir. Ese momento le llamé “nivel Chipote”, porque los liderazgos de todos los colores políticos habían sido encarcelados y otros estaban saliendo de Nicaragua. Con más esperanza que certeza, pensamos que esa condición nos permitiría reducir nuestras diferencias para apostar a una articulación de actores diversos. En 2025, las cercanías se han vuelto a debilitar y nuevamente vivimos una transición interna: de potenciales aliados, a adversarios… e incluso unos ven más enemigos entre exiliados y despatriados que a la dictadura misma.
A finales de 2020, reflexionando con Azahalea Solís en medio de otro intento de articulación a través de la Comisión de Buena Voluntad, liderada por el doctor Carlos Tünnermann, hablábamos de qué hacer, y de los aprendizajes por lo hecho. Ella habló de círculos concéntricos, hablamos de articulaciones diversas y pragmáticas, todo para alcanzar lo que veníamos intentando entre varias personas desde 2018: articular un actor político que fuera una alternativa, que diera esperanza y disputara el poder a la dictadura. Quizás ideas poco novedosas para la historia política, pero retadoras para nuestro contexto. Años después, y en la búsqueda de aprendizajes de la historia y la teoría, tuve la oportunidad de realizar un análisis con cierta profundidad de varios casos de transición democrática. Les comparto algunas lecciones del caso de Chile, con reflexiones que quizás sean útiles para la Nicaragua actual.
1. Valores, prácticas y experiencia democrática: el déficit en la cultura política
La transición democrática no emerge de la nada. Requiere una base mínima de valores democráticos, prácticas participativas y una historia de convivencia plural que, aunque interrumpida por la represión en dictadura, puede reactivarse. En Chile, antes del golpe de 1973, existía una cultura participativa robusta: partidos con arraigo territorial, una clase media activa y un sistema de bienestar que generaba ciudadanía. Según Inglehart y Welzel (Modernización, cambio cultural y democracia, 2006), estas condiciones fomentan valores postmaterialistas (autonomía, participación, respeto a la diversidad) que facilitan la acción colectiva y la deliberación entre diversos.
Nicaragua, en cambio, ha carecido históricamente de esa base. Nuestra cultura política ha estado marcada por valores materialistas: el empobrecimiento de la población ha impulsado la priorización de la supervivencia, la seguridad y la estabilidad por encima de valores como la autonomía o la participación. La agenda pública ha sido gestionada por reducidos grupos que promueven transformaciones en momentos críticos, y que terminan siendo seguidos por la mayoría excluida. Esta lógica clientelar y personalista ha impedido el desarrollo de partidos programáticos fuertes, de movimientos sociales maduros (a excepción del movimiento feminista) y de actitudes dialogantes en nuestra una cultura política.
2. Legitimidad en tiempos de autocracia: aprovechar las grietas del régimen
Los regímenes autoritarios no se sostienen por mucho tiempo únicamente por la fuerza, sino que requieren algún grado de legitimidad. Cuando esta se erosiona (por crisis económica, represión o aislamiento internacional) se abren oportunidades estratégicas para la oposición. O’Donnell y Schmitter (Transiciones desde un gobierno autoritario, 1988), en un análisis sobre transiciones democráticas, sostienen que las transiciones no son colapsos repentinos, sino procesos graduales en los que el régimen, al perder legitimidad, modifica sus propias reglas.
En Chile, la dictadura de Pinochet sufrió una crisis económica profunda en los años ochenta. La oposición, tras años de diálogo y construcción de confianza, logró articular una campaña unitaria por el “No” en el plebiscito de 1988, aprovechando precisamente las reglas del propio régimen. En Nicaragua actual, el régimen de Ortega-Murillo también enfrenta una crisis de legitimidad, aunque menos económica y más política. El reto es doble: visibilizar y profundizar esa crisis, así como prepararse para aprovechar y provocar cualquier apertura, por mínima que sea; o en el mejor de los casos, ruptura interna de la dictadura.
3. Dictadura transicional: la transición comienza dentro del sistema cerrado
Gerardo Caetano (Democracia posdictadura, 2005) acuñó el concepto de “dictadura transicional” para referirse a aquella fase en que el régimen autocrático, ante una crisis de legitimidad, comienza a realizar aperturas políticas para gestionar su propia salida. En Chile, esto se inició en 1983 con las primeras protestas masivas (iniciado con el “Puntarenazo” de 1984) y se consolidó con el plebiscito de 1988. Durante ese período, Pinochet permitió la inscripción de nuevos partidos y toleró cierto nivel de movilización. La oposición supo capitalizar esas aperturas.
En Nicaragua, el régimen aún no ha entrado en una fase clara de dictadura transicional. Todo el poder está concentrado, los partidos opositores están ilegalizados y cualquier forma de organización no controlada es reprimida, además de que la represión ya no se limita a los opositores políticos, ahora ha llegado a los allegados de la dictadura. Sin embargo, como enseña el caso chileno, la transición puede comenzar incluso en contextos de cierre total, siempre que exista un núcleo base de actores, de oposición, con capacidad de análisis, confianza mutua y visión estratégica.

4. Entre la amistad y los círculos concéntricos: estrategias de acercamiento
La articulación de una concertación no es un acto técnico, sino profundamente humano y político. Requiere tiempo, paciencia y, en muchos casos, amistad. En Chile, el Grupo de los 24 reunió inicialmente a intelectuales y líderes políticos de centro e izquierda, muchos de los cuales ya se conocían personalmente. A través de encuentros semanales, lograron sanar heridas del pasado y construir una visión común. La Iglesia católica, además de ser clave en el registro y denuncia sobre violaciones de derechos humanos, también desempeñó un papel crucial como acompañante y facilitadora de esa articulación de actores opositores, creando espacios seguros para el diálogo.
En Nicaragua, la represión ha fragmentado a la oposición, ha destruido los espacios de encuentro, y ha debilitado, como toda dictadura, la cohesión social dentro del país. Sin embargo, el exilio puede convertirse en un nuevo territorio de diálogo. La necesidad de otorgar mayor dedicación, esfuerzos, recursos y tiempo para los encuentros, diálogos y deliberaciones internas es de vital importancia. Los actores internacionales pueden jugar un rol de acompañantes, facilitando espacios de diálogo y apoyando procesos de construcción de confianza, sabiendo sí que son procesos propios de nacionales, que la temporalidad no está marcada por proyectos de corto plazo, y que los resultados son frágiles en sus inicios. El respeto, la constancia y la perseverancia, junto con la construcción de logros pequeños y secuenciales, son factores clave en este proceso.
5. Hacia una estrategia para Nicaragua: aliados, no enemigos
Esta selección de lecciones es clara. Primero, la cultura política democrática no es un lujo, sino una condición. En sociedades con débil cultura política dialogante, la construcción de una concertación requiere más tiempo, recursos y paciencia. Segundo, la pluralidad es un reto, pero también una fortaleza de largo plazo. Tercero, la transición puede iniciar dentro de la dictadura; no hay que esperar a su colapso, se debe provocar.
Cuarto, es necesario construir un “nosotros” ampliado sin negar las diferencias. Siguiendo a Chantal Mouffe (El retorno de lo político, 1993), el objetivo no es eliminar el conflicto (que es inherente a lo político), sino transformarlo en una competencia agonística dentro de un marco democrático compartido. Esto significa una gestión política entre adversarios, no enemigos: actores que, a pesar de sostener profundas diferencias morales o ideológicas, reconocen mutuamente su legitimidad para participar conjuntamente en la disputa por el poder. Ese ejercicio democrático no puede esperar al retorno institucional; debe iniciarse ya, desde el exilio, la clandestinidad o cualquier espacio de resistencia, como condición para construir una alternativa pluralista y no excluyente.
Quinto, la estrategia debe ser pragmática, no maximalista. Como nos muestra el caso chileno, la lucha armada no fue la vía exitosa; pero sí fue la combinación de movilización social y participación institucional. En la Nicaragua actual, esto implica evitar las batallas o agresiones ideológicas internas y centrarse en el objetivo común: el retorno a la democracia. Sexto, es necesario construir una alternativa creíble para sectores moderados, tanto dentro del país como en la comunidad internacional; esto incluye una estrategia para el debilitamiento a lo interno de las filas de la dictadura, como lo dijera Eliseo Núñez en su artículo de “tragar sapos”.
La transición democrática en Nicaragua es posible, pero no automática. Requiere un esfuerzo concertado, sostenido en el tiempo, que combine análisis rigurosos, construcción de confianza y estrategia política inteligente. El caso chileno demuestra que, incluso en los contextos más adversos, la democracia puede renacer, siempre que existan actores dispuestos a sembrar, aunque no les toque cosechar.
Nicaragua debe vivir una transición íntima: pasar de la desconfianza a la cooperación, del agravio al respeto, del yo a un nosotros mínimo que nos permita respirar como república en democracia. No sé cuándo veremos la apertura; sin embargo, sé que cuando llegue (porque siempre llega) solo la aprovechará quien haya hecho la tarea: músculo cívico y democrático reentrenado, círculos concéntricos funcionando, y una oferta de país que convoque a diversos, no solo a los propios.
A la comunidad exiliada y despatriada, incluyéndome, nos toca asumir una disciplina incómoda: bajar el volumen del ego, cuidar la palabra, respetar a la persona cercana, sostener el puente, aunque tiemble, y recordar que el “nivel Chipote” no solo fue la metáfora del horror, también puede ser el umbral de una cultura política distinta. Una en la que nos veamos, por regla general, como potencialmente aliados, y menos… y mucho menos como enemigos.
