Oscar René Vargas / 12 de noviembre de 2025
Entre el 2007 al 2025, Nicaragua acumula un retraso cada vez más pronunciado en todos los ámbitos económicos en comparación a los otros países centroamericanos. Está caída está relacionada con las malas decisiones políticas y económicas del régimen. Comparativamente Nicaragua sigue perdiendo terreno en todos los ámbitos: crecimiento, productividad, competitividad, desarrollo, innovación, inversión productiva, investigación e implantación de tecnologías de futuro.
Con el paso del tiempo, el régimen Ortega-Murillo persiguió a figuras políticas claves, manipuló los procesos electorales con mayor descaro, usó programas sociales para influir en el voto, prohibió partidos opositores, realizó una alianza con el gran capital y llegó a encarcelar a los líderes y candidatos de la oposición. Paralelamente, pasó llenando los tribunales de jueces complacientes, usando la ley como arma para silenciar a sus críticos, espiando a las fuerzas armadas y desatando una represión brutal contra los ciudadanos que protestaban contra su gobierno.
Al mismo tiempo, la dictadura Ortega-Murillo permitió que altos mandos de las fuerzas armadas y del poder judicial participaran en una amplia gama de negocios, legales e ilegales. Oficiales dirigen algunas empresas estatales, crean empresas privadas que se benefician de contratos públicos y participan en redes de contrabando. Estos militares-empresarios amasaron fortunas mientras el resto de la sociedad se empobrece. Saben que su prosperidad económica depende del favor de la dictadura.
Recientemente, ni los que pertenecían al círculo más cercano de Ortega están a salvo de la arbitrariedad de Murillo, el sector privado se ha marchitado y silenciado. El estancamiento económico vuelve aún más atractivo formar parte de los anillos de poder. Sin embargo, el modelo económico ha cultivado una élite interna del régimen que en alianza con el capital tradicional concentran, probablemente, más poder que lo que deseara el régimen, lo cual constituye un peligro para la familia Ortega-Murillo.
El régimen continúa en una trayectoria bien conocida de negación y de intimidación de cualquiera acto que cuestione “el capitalismo de amiguetes”, el gran capital se hace de la vista gorda ante la represión generalizada en curso, demostrando que actúan de manera táctica y no tener una estrategia de largo plazo a pesar que las personas más competentes están en el sector privado y no en el sector público. Sin embargo, sus asesores políticos son aficionados talentosos, pero carecen un método para el análisis sociopolítico.
El deterioro generalizado de la sociedad y las purgas al interior del régimen nos indican que algo está pasando que parece ser el final de una época. La dictadura Ortega-Murillo no tiene respuestas para los problemas básicos que padece la sociedad nicaragüense. A medida que la economía se desaceleró, el apoyo popular se desvaneció, lo que lo llevó a abandonar cualquier pretensión de democracia. Igualmente observamos un proceso de fragilización de la dictadura desde el 2018, lo que anuncia un cambio, un posible cambio político.
La política de la represión proseguirá sin dar respuestas a las demandas más sentidas de la población. El miedo y la represión se utilizan para mantener el “statu quo”. Sin embargo, la sociedad está cambiando y el modelo económico del “capitalismo de amiguetes” comienza a dar signos de agotamiento. Al mismo tiempo, se conformó una burocracia que no ha sido capaz de lidiar con los problemas de tener que atender todas las necesidades sociales, como su incapacidad de introducir las reformas necesarias.
Ningún gobierno logra preservar su hegemonía después de adentrarse en la recta de los saldos rojos de los principales factores económicos y sociales. Igualmente, el declive del régimen se acelera cuando se produce el dominio de una élite rentista, no productiva, al conjunto de la economía acompañado con una caída en la productividad y cuando se sustenta principalmente en las fuerzas represivas.
Mientras todo eso ocurre la agricultura y la industria decaen, la población se pauperiza y el capital productivo tiene miedo en el futuro. El miedo se refleja, también, en el temor del mercado y en la incertidumbre que es un cáncer para los capitales. El delirio represivo solo puede conducir al desastre del régimen por el desarrollo del proceso de implosión sociopolítica.
Nicaragua vive una etapa en que el régimen no es un referente de futuro desde todos los puntos de vista (económico, social, político, moral, religioso e internacional) para construir una sociedad democrática. El país necesita cada día un nuevo liderazgo, la dictadura está cada día más desacreditada, tiene un aparato de gobierno ineficaz, con un alto nivel de insatisfacción en la gente “de a pie”. Todo lo cual genera ilegitimidad y, por lo tanto, debe cambiado de alguna manera.
Mientras el modelo económico del “capitalismo de amiguetes” se agota, los principales actores políticos, empresariales, financieros y eclesiásticos que sujetan las cuerdas con las que mantienen en alto al paquidermo quieren soltarlas, pero a la vez temen que al caer las aplaste y se produzca un cambio de régimen no controlado por ellos. Ortega ha logrado crear una arquitectura política que los pilares capaces de producir su caída son, precisamente, los que más temen perder con su caída.
Una propuesta basada en la realidad cotidiana te lleva a conectarte con la racionalidad de la gente. El reto de los sectores progresistas es conseguir que la idea de la implosión sociopolítica, para socavar al régimen, sea asumida por la mayoría de la gente. Muchas personas tienen ideas dispersas de lo que están viviendo cotidianamente sin lograr visualizar que existe un denominador común con otras miembros de su comunidad, barrio o comarca que puede ser transformado en un instrumento de cambio. El trabajo político es ayudarles a sistematizar la información que ellos perciben de manera individual para convertirlo en acciones que permitan acelerar el proceso de implosión sociopolítica del régimen.
El reto de la oposición es crear el «ánimo de cambio democrático» que incluya el deseo de libertad, la denuncia de la corrupción, el hartazgo con la degeneración de la nueva clase, la persecución de la iglesia, etcétera; fundado en la convicción generalizada de que el sistema sociopolítico actual ha degenerado en un despotismo. Esa conciencia colectiva hay que desarrollarla para fracturar a la dictadura y que adquiera suficiente fuerza para movilizar un movimiento que permita la caída de la dictadura.
Hay que crear un momento sociopolítico en el que todo parezca posible y que todo puede transformarse y que todo se puede recomenzar. Crear la esperanza que hay alternativa, crear la idea del “posibilismo”, que es posible el cambio.
¿Cómo generar ese sentimiento? Crear la convicción de que el actual orden sociopolítico no está fijado de manera inalterable en su forma actual, sino que puede cambiar, que la gente común puede intervenir para modificarlo al ayudar a fisurar los pilares de sostenimiento de la dictadura. Todo es posible cuando las personas se enfrentan a la injusticia, para lo cual necesitan apoyarse en datos reales para poder crear la esperanza de poder cambiar para luchar y resistir.
Oscar René Vargas (1946). Sociólogo, economista y analista político nicaragüense. Ex preso político, desterrado y despojado arbitrariamente de su nacionalidad. Igualmente fue confiscado de sus todos sus bienes sin ninguna base legal por la dictadura Ortega-Murillo. Autor y coautor de 60 libros. Su libro más reciente, noviembre 2025, es el primer tomo de un análisis sociopolítico y económico del período 2007 a 2025 que están divididos en tres tomos, todos titulados “El Poder o la Muerte”.
