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La cultura de la chancleta

Por Guiomar Haydee Praslin Dormus.

En la Nicaragua prehispánica los indígenas usaban cactli (palabra proveniente del náhuatl) que al llegar los españoles y sufrir las lenguas prehispánicas “adaptación lingüística” pasó a llamarse caite. Hecho de fibras vegetales y cueros; aún recuerdo en mi niñez haber visto ancianitos de mi pueblo, usar caites hechos con suela de llanta y duras tiras de cuero. Desde mi pensamiento infantil, vi el uso del caite como un suplicio, filosas tiras, dureza e inconfort al caminar. Con el paso de los tiempos y la influencia europea el término caite y el caite mismo entraron a competir con la chancla (del latín zanca) y digo entraron a competir porque, efectivamente la chancleta por su diseños y materiales es distinta al indígena e inconfortable caite prehispánico. Pero, como en toda evolución, la palabra chancla también ha sido influenciada por cambios que dieron paso al diminutivo un tanto despectivo de “chancleta”. La chancleta es un nombre más vulgar, más soso para referirnos al tipo de calzado más popular, barato. Para el pie, es como el estilo más libertario, ordinario, no necesariamente cómodo, pero que resuelve. Sin embargo, usar frecuentemente chancleta tiene su riesgo, porque en cualquier momento cederá por el uso constante, sometiéndote a una urgencia muy probable en la calle de buscar conque amarrarla, sujetarla y seguir caminando hasta tu destino, o tendrás que entrar a una tienda a comprarte otro par, o continuar un recorrido, pero descalzo.

Y hasta aquí me quedo con la reseña etimológica, porque no es de calzado que yo quiero hablar; sino de la analogía que encuentro entre la común, barata e insegura chancleta con la corriente cultural que en los últimos años experimenta Nicaragua.

Nuestro país ha sufrido una transformación adaptativa, estructural, dinamizada por los cambios globales, pero negativamente influidos por la crisis política y económica, por los violentos conflictos internos, por la corrupción, la inseguridad, falta y/o limitadas oportunidades, la baja escolaridad de nuestra gente y la mala calidad de la educación. Esta cultura es lo que yo le llamo, “la cultura de la chancleta”, cultura de perdida, de la disminución y lo estereotipado.

Con la llegada de Daniel Ortega al poder, caracterizada por la confusión estado-partido que poco a poco rápidamente se transformó en confusión estado-familia, se han venido moldeando nuevas particularidades adoptándose en el modus vivendi y operandi de la vida del país.

Un elemento que fungió como caldo de cultivo perfecto para instalar esta transformación cultural fue el clientelismo, desarrollado en los inicios del gobierno dictatorial, con los planes de desarrollo social “regalando” gallinas, cerdos, letrinas, láminas de zinc a las masas populares y por las cuales había que agradecer con lágrimas en los ojos al “comandante y la compañera” a pesar de que eran implementados desde el recurso estatal y generado por las cargas tributarias impuestas al mismo pueblo. Aquí se empezó a manipular el lenguaje y el comportamiento, había que hablar y actuar en modo “sandinista” y rápidamente nos detectábamos quienes sí, quienes no y empezó la segregación social que carcomió todo el andamiaje en los poderes del estado al servicio del pueblo.

Y producto del dinamismo y la influencia, la presión y el ánimo de sobrevivencia se fue creando comportamientos, hábitos, lenguaje, propios de la “cultura de la chancleta” donde la corrupción infestó transversalmente los trámites burocráticos, así como el gusano barrenador infesta actualmente el hato ganadero incontroladamente. El poder y los cargos se heredan del marido a la mujer o a los hijos, se les otorgan poderes plenipotenciarios a los chigüines cuyo mérito es ser hijo de. La descomposición corrupta hace mucho tiempo llegó a los barrios donde, en las pulperías y puestos del mercado, el queso que se vende es pesado en “balanzas arregladas”, se despacha menos combustible y se te cobra completo una cantidad en la “medición alterada” en la bomba de la gasolinera. Las mujeres son asesinadas dentro de sus casas de 11 puñaladas porque osaron sacar un machete y tratar de defender sus bienes al detectar un ladrón dentro de su casa, o se le amarra a un caballo y se les arrastra por más de dos kilómetros porque fue considerada bruja. Ya que en la cultura de la chancleta se libera a los delincuentes y se les empodera para que sean el azote de los barrios. En cambio, se encarcela al que piensa distinto, es más, a este último se le desaparece incluso, se le asesina bajo resguardo carcelario o se le obliga a grabar videos hablando de las bondades del estar encarcelado y peor aún, sin haber cometido delito alguno.

En la cultura de la chancleta existe un sistema de vigilancia estatal que somete a los empleados públicos a ficharse entre sí, actuando como los ojos del poder que garantiza el sometimiento de los unos a los otros en pro del aparato del régimen. Pero en los barrios, los vecinos están siendo vigilados por sus cercanos colindantes quienes les fichan, acosan y acusan limitándolos en sus libertades y diario vivir. La cultura de la chancleta tiene alcances transnacionales, así como el acoso; donde se hace uso de los medios creados para denunciar ante entidades como ICE, a opositores que están bajo procedimientos para obtener estatus legal en los Estados Unidos. Esta cultura ha “encendido el bombillo” para idear “negocios” donde es el mismo connacional la mercancía llevada a España bajo promesas engañosas y con tratos ilegales casi de esclavitud por grupos delincuenciales conformados por familiares entre sí. Aparecen sacos con millones de dólares al anca de mulas que “alguien” involucrado en narcotráfico dejó abandonado; hechos inverosímiles como este, o fantasiosos y hasta desagradables como ver el maltrato en plena transmisión en cadena televisiva de la madre tirana a su hija colaboradora en avanzado estado de embarazo, es parte de las costumbres acuñadas.

En la cultura de la chancleta hay nuevas características que hacen destacar y convertir a algunos en “personalidades”, equivocadamente llamados influencers. Estos son personajes, que han destacado en las redes sociales por algún hecho circunstancial, pero que son carentes de estudios, conocimientos y expertis alguna y acobijándose bajo la bandera roja y negra, vendiéndose al régimen y a cambio gozar de favoritismos (incluso cuando han cometido hechos reñidos con la ley). No importaría que estos personajes existan, si no lo realmente espeluznante es, que haya miles de seguidores mayormente jóvenes que “consumen su contenido”. Contenido que promueve la vulgaridad, la desfachatez, la ignorancia, lo absurdo, lo ridículo, la fanfarronería. En la cultura de la chancleta hay un doble beneficio, por su lado, el influencer sirve al régimen para mercadear su engañosa marca país “aquí todo está normal” y el régimen a su vez, les favorece a estos promoviéndoles como figuras importantes.

La cultura de la chancleta ya permea de manera general incluso, en la misma acera opositora donde son comunes las acusaciones entre sí, se invisibiliza y minimiza. Las diferencias ideológicas hacen mella en las relaciones organizativas obstaculizando y volviendo un imposible la unidad. Se llega hasta a la imputación de delitos, se ofende, se firman cartas protestando los cargos de quien por su ingenio pueda ocupar una silla honrosa, no importando siquiera que el hecho encumbre el nombre del país y de que entre los firmantes pudiera haber quienes, si empuñaron un rifle y haber matado a otros nicaragüenses, o que sea un asesino de la gramática de la lengua española y “escriba cajón con G”.  No importa porque en la cultura de la chancleta todo lo que sea descalificar y echar abajo es válido.

En esta cultura de chancleta que hoy vive Nicaragua la degradación es el sello impuesto por la dictadura sobre la vida popular; el ser tranza es sinónimo de inteligencia, ser vulgar es igual a popular, ser ladrón es ser audaz y el bravucón criminal que reprimió al pueblo en la operación limpieza es el más respetado.  

Nicaragua culturalmente ha sido aniquilada, ha perdido el brillo y esta batalla la ha ganado la dictadura, pues mayorías han sucumbido ante la ola gigante del oscurantismo promovido perversamente desde El Carmen. Será urgente tarea para el gobierno de transición encauzar la cultura de la chancleta a la cultura de la “Patria Grande” de Ruben y que el “nunca más repetición” que requerimos aplique también en la educación y la reinserción del modus vivendi y operandi del pueblo a los cimientos del conocimiento, el desarrollo tecnológico y los valores realmente nicaragüenses como el trabajo, la honestidad, respeto, cordialidad y tolerancia.