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El imperativo de derrocar ahora a los Ortega Murillo

Julio López Campos

En un artículo publicado en 2025 en CONFIDENCIAL, argumentamos que si se puede lograr la caída de la dictadura y esbozamos algunas ideas sobre el camino para lograrlo. Hoy queremos insistir en un punto adicional: la urgencia. Si antes el desafío era indicar que el cambio es posible, ahora el desafío es comprender que el tiempo político se acorta dramáticamente.

Ese horizonte y arco de tiempo, está determinado por la intención del régimen de diseñar e implementar un nuevo sistema electoral bajo reglas trazadas por ellos para perpetuar su permanencia en el poder. En sus declaraciones del 19 de julio, Daniel Ortega, además de recurrir a la exhibición de fuerza con propósitos intimidatorios y el discurso del miedo, produjo dos efectos políticos relevantes. El primero fue volver a colocar la situación de Nicaragua en la atención internacional, después de un largo período de silencio. El segundo fue confirmar la necesidad de actuar antes de que el régimen consolide un nuevo marco institucional destinado a cerrar cualquier posibilidad futura de alternancia democrática.

Corresponde a juristas, constitucionalistas y especialistas analizar el alcance de las reformas anunciadas y explicar sus implicaciones jurídicas y políticas. Ese debate es indispensable. Mi propósito aquí es otro: reflexionar sobre algunos desafíos que enfrenta la ciudadanía democrática si pretende impedir que la dictadura consolide un sistema permanente de poder dictatorial familiar.

En primer lugar, conviene abandonar la idea de que toda forma de resistencia depende exclusivamente de recursos económicos o del apoyo externo, alegando que “sin riales nada podemos hacer”. La historia de Nicaragua demuestra que los procesos de cambio han descansado, sobre todo, en la convicción, la organización y el compromiso de quienes deciden actuar. Andrés Castro, Sandino, Pedro Joaquín Chamorro, representan, cada uno en circunstancias distintas, la capacidad de enfrentar la arbitrariedad con los recursos que tenían a su alcance.

En segundo lugar, la oposición no debería quedar prisionera de un único horizonte político. Quienes mantienen proyectos electorales o impulsan la legalización de partidos tienen pleno derecho a hacerlo. Sin embargo, esos esfuerzos no deberían absorber ni sustituir el conjunto de estrategias mediante las cuales una sociedad busca recuperar la democracia. Reducir la lucha democrática a la espera de unas elecciones controladas por la propia dictadura significaría aceptar las reglas impuestas por el régimen.

En tercer lugar, la dictadura ha respondido a cualquier expresión de disidencia con una represión sistemática para sembrar miedo y desmovilización. Frente a ello, el principal desafío consiste en reconstruir los vínculos de confianza entre los ciudadanos, conspirar para ir reconstruyendo poco a poco espacios de organización que permitan sostener una resistencia democrática.

Un ámbito especialmente importante es el de las instituciones del Estado, en particular las Fuerzas Armadas. Aunque la cúpula militar aparezca estrechamente vinculada al régimen, la historia demuestra que ninguna institución es completamente homogénea. La memoria institucional, el sentido del deber, el rechazo a una desmedida corrupción y a las disposiciones autocráticas, y el compromiso con la nación pueden convertirse, en determinados momentos, en factores decisivos para impulsar una ruptura con el poder y facilitar una transición democrática. La historia del propio Ejército no pertenece a una familia gobernante, sino al conjunto del país. Abierta y subrepticiamente y de las formas que sean, debemos hacer llegar este mensaje a los militares. Ha llegado para ellos el momento de conspirar, para salir de la dictadura.

Otro desafío estratégico es el generacional. Miles de jóvenes nacieron bajo el actual régimen y conocen únicamente la versión oficial de la historia. Muchos han crecido en un ambiente de censura, propaganda y desinformación. Recuperar el diálogo con esa generación exige, nuevas narrativas y una conversación centrada en el futuro, más que en las divisiones del pasado. Abril de 2018 demostró el enorme potencial transformador de la juventud cuando encuentra razones para involucrarse.

La oposición tampoco debería supeditar toda su capacidad de acción a la construcción de una unidad política. La pluralidad es necesaria e inevitable.

Lo esencial es que las distintas expresiones democráticas compartan objetivos fundamentales, mantengan canales de comunicación y fortalezcan los espacios de cooperación allí donde sea posible. Las convergencias más amplias suelen construirse a partir de experiencias locales y de relaciones de confianza. La posibilidad de construir una gran coalición antidictatorial -siempre necesaria- solo será posible cuando haya un acumulado real de fuerza en los territorios.

En ese esfuerzo, el exilio dispone de un recurso que generaciones anteriores no tuvieron: una amplia red de plataformas digitales y medios independientes capaces de mantener informada a la ciudadanía y de romper el monopolio informativo del régimen. Esa capacidad comunicativa constituye una herramienta estratégica para sostener la memoria, documentar los abusos y mantener viva la esperanza democrática.

Finalmente, el respaldo internacional seguirá siendo un componente esencial de cualquier proceso de democratización y de lucha antidictatorial. Es legítimo buscarlo y ampliarlo. Pero no podemos regresar al pasado buscando todo se resuelva en los corrillos del Departamento de Estado. El apoyo internacional será más sólido cuando más responda a una ciudadanía organizada y comprometida dentro del país. La solidaridad internacional resulta más eficaz cuando acompaña procesos internos, no cuando pretende sustituirlos.

Una última reflexión: ninguna transición democrática ocurre sin costos. La historia enseña que quienes enfrentan regímenes autoritarios suelen asumir riesgos personales y colectivos. Conviene hablar de ello con honestidad, sin crear falsas expectativas. La libertad nunca ha sido gratuita, pero tampoco ha sido una conquista imposible cuando una sociedad decide organizarse para luchar y defenderla.

Opinión publicada originalmente en Confidencial