La Mesa Redonda analiza el trasfondo del mensaje del dictador tras un mes de silencio y alerta sobre el uso de la “reconciliación” como instrumento de control.
Luego de un mes fuera del ojo público, Daniel Ortega reapareció durante una ceremonia de graduación de nuevos agentes policiales, escenario que utilizó para reiterar su discurso de “paz” y “reconciliación”, conceptos que, según analistas, están vaciados de contenido democrático y sostenidos exclusivamente por la fuerza.
Durante la más reciente emisión del programa La Mesa Redonda, el periodista Sergio Marín Cornavaca y el abogado nicaragüense en el exilio Eliseo Núñez abordaron el verdadero significado político de este mensaje.
De acuerdo con Marín, Ortega no habló como jefe de Estado, sino como jefe de un aparato represivo, dejando claro que su prioridad no es proteger a la ciudadanía, sino garantizar su permanencia en el poder.
“La paz que propone nace del cañón del fusil, y la reconciliación que ofrece es sumisión”, subrayó el conductor del programa al iniciar el análisis.
Por su parte, Núñez explicó que el discurso del dictador debe leerse en múltiples niveles: dirigido a su base política, a la comunidad internacional y a su propio aparato de seguridad.
Según el jurista, Ortega intenta proyectarse como un actor dispuesto al diálogo, mientras en realidad cierra cualquier posibilidad de negociación real.
“El diálogo que él plantea no es entre adversarios, sino entre obedientes. Eso no es diálogo, eso es dictadura”, afirmó.
Uno de los puntos más alarmantes señalados durante el programa fue la reiteración de la lealtad absoluta exigida a la Policía y al Ejército, confirmando que estas instituciones no responden al interés público, sino al sostenimiento del régimen.
Ortega dejó entrever que el poder no depende de la voluntad popular, sino de la fuerza armada, lo que, según Núñez, evidencia una concepción autoritaria sin máscaras.
El análisis también abordó el contexto internacional, particularmente el temor del régimen a perder apoyos estratégicos y a ser desplazado por acuerdos geopolíticos que lo dejen fuera del tablero.
Núñez sostuvo que la mayor preocupación de Ortega no es una intervención externa, sino una posible traición dentro de sus propias filas, lo que explicaría el tono de advertencia y control que marcó su mensaje.
Finalmente, ambos coincidieron en que la oposición democrática debe interpretar este discurso como una confirmación de que no existe una apertura real por parte del régimen, sino una estrategia para ganar tiempo y desactivar presiones.
“Lo que estamos viendo no es una transición, sino una puesta en escena de estabilidad que nadie cree”, concluyó Marín.
