Un sacerdote nicaragüense que abandonó el país tras ser blanco de vigilancia y amenazas relató el dolor, el miedo y la profunda crisis emocional que enfrentó al dejar Nicaragua, una salida que describe como una ruptura total con su vida, su parroquia y su misión pastoral.
El presbítero, cuya identidad permanece en reserva para proteger a familiares y allegados, contó a ACI Prensa que su historia comenzó a cambiar luego de acompañar las protestas ciudadanas de 2018 y respaldar a jóvenes que se movilizaban contra el régimen.
“Yo me sentía morir. Yo no paraba de llorar”, recordó.
Del acompañamiento pastoral a la persecución
El sacerdote explicó que durante las protestas brindó apoyo espiritual y humano a jóvenes heridos durante la represión estatal y acompañó a familias que perdieron a sus hijos.
Según relató, una de sus principales preocupaciones era evitar que la nueva generación repitiera errores del pasado político del país.
“Tocaba apoyar a los muchachos ahora”, recordó.
Después de salir temporalmente de Nicaragua y regresar en 2022, la presión aumentó nuevamente.
Asegura que sus homilías, en las que denunciaba acciones del régimen y expresaba desacuerdo con decisiones gubernamentales, comenzaron a convertirlo en un objetivo.
Vigilancia dentro y fuera de la parroquia
El religioso describe una vigilancia permanente alrededor de la parroquia.
Personas desconocidas comenzaron a llegar para grabar sus sermones. Otros se ofrecían para realizar labores de limpieza o apoyo, pero según él, el verdadero propósito era observar quién ingresaba y qué ocurría dentro de la iglesia.
“Eran los ojos y oídos del gobierno en los barrios”, afirmó.
La situación se agravó cuando policías lo detenían frecuentemente mientras conducía.
“Me paraban para pedirme dinero o revisar si llevaba armas, si era golpista. Era algo constante”, relató.
El momento que lo cambió todo
El punto de quiebre llegó cuando desconocidos ingresaron a la propiedad parroquial mientras su madre se encontraba en la casa cural.
El sacerdote no estaba en el lugar, pero su madre lo llamó alarmada para preguntarle si había enviado a alguien.
“Gracias a Dios teníamos unos perros y eso protegió a mi mamá”, recordó.
Paralelamente, personas vinculadas al régimen comenzaron a advertirle que su nombre figuraba en listas de sacerdotes considerados problemáticos.
Incluso, según explicó, funcionarios públicos le confesaban en privado que eran obligados a vigilar o informar actividades relacionadas con opositores.
“Padre, tiene que salir del país lo más pronto posible. Está en riesgo”, le dijeron.
Una huida marcada por el miedo
La salida ocurrió un domingo de mediados de 2023.
Con apenas una mochila y una imagen de la Virgen Inmaculada envuelta en un suéter, emprendió el camino hacia Costa Rica acompañado por un expolicía que rechazaba las acciones del régimen.
La salida ocurrió a través de un punto fronterizo irregular.
Lo que encontró durante el trayecto lo marcó profundamente.
“Era tremendo. Hay lugares de prostitución, de droga, corredores oscuros y tráfico de personas”, contó.
Tras varios días logró ingresar a Costa Rica, donde fue recibido inicialmente por religiosas y luego por sacerdotes amigos.
“Fue una ruptura total”
Sin embargo, el exilio abrió una nueva etapa de sufrimiento.
El sacerdote cayó en una profunda depresión al sentir que había perdido todo aquello que daba sentido a su vida.
“No es fácil cortar completamente el vínculo con la Iglesia, con los hermanos sacerdotes, con la familia y con la parroquia”, relató.
Durante meses permaneció en Costa Rica intentando reconstruirse emocionalmente.
“Me sentía completamente desorientado”, recordó.
Un nuevo comienzo en Estados Unidos
En 2024 llegó a Estados Unidos, donde actualmente ejerce su ministerio sacerdotal.
Asegura que fue recibido con afecto por una comunidad parroquial que incluso le ayudó a conseguir un lugar donde vivir.
Actualmente trabaja pastoralmente y se prepara para brindar consejería espiritual.
Pero reconoce que la herida del exilio sigue abierta.
“Los que estamos afuera y los que están adentro sufrimos. De los dos lados hay mucho dolor”, expresó.
A pesar de las dificultades, sostiene que su fe sigue siendo su principal refugio.
“Somos sacerdotes para la Iglesia. Aunque no estemos en Nicaragua tenemos que seguir sirviendo”, concluyó.
