Dedicado a todos los refugiados del mundo.
La Patria ya no es un lugar que tocan mis pies pero es un sueño que abrigo en mi corazón y caliento en mis pensamientos. Es una herida que llevo abierta. Es Un Derecho Humano al que me aferro con uñas y dientes porque me pertenece. Aquí, en esta tierra que me presta oxígeno, y me deja deambular por sus calles, aprendo a respirar de nuevo, pero el aire sabe a nostalgia. Cada paso que afirmo en suelo extranjero es un paso que no doy en el mío. Cada amanecer que presencio en estas tierras foráneas es un sol que no veo desde el corredor de la casa que habité.
Guardo la llave de una casa que quizá ya no existe. O peor: existe, pero vive ocupada por fantasmas. Llevo en mi mochila una pequeña bandera autografiada que de vez en cuando la saco, la extiendo y la miro. El sueño del regreso es el verdadero exilio; el sueño del regreso es el mayor dolor. Un territorio que habito sin habitarlo. Y mientras, el país que me acoge me exige a veces sutil, a veces directamente, que me arraigue, que olvide mi acento, mis comidas, mis costumbres, mi argot, que no siga soñando con regresar, que construya nuevo nido con una de sus bellas mujeres, que acepte que el futuro está aquí, en este presente sin memoria.
Pero ¿cómo asentarse cuando el corazón quedó enterrado al cruzar la frontera? ¿Cómo hacer del asilo un hogar si el hogar es el anhelo de ver derrumbarse una dictadura? Entonces se me ocurre una peregrina idea en este peregrina vida, ya no soy de allá, pero tampoco soy de aquí. Soy el que espera. El que sueña. El que busca razones para seguir viviendo, para reír, para disimular la pena del destierro, para dormir siempre despierto por si toca la hora del retorno. El que regresa todas las noches, aunque se fue y nunca se haya ido. Soy el que espera.
Centroamérica, 11 de febrero 2026.
Dr. Danilo Martínez.
