El reciente artículo de Mónica Baltodano, “La dictadura Ortega-Murillo no nació de la Revolución”, coloca nuevamente sobre la mesa uno de los nudos más complejos de la memoria histórica nicaragüense. La discusión sobre si el régimen actual constituye o no una derivación histórica de la Revolución trasciende una diferencia de interpretación sobre el pasado. Es una conversación que los nicaragüenses todavía necesitamos sostener colectivamente, porque de ella emergen contradicciones, experiencias y memorias que continúan influyendo en nuestra manera de comprender el presente y de relacionarnos políticamente.
No pretendo plantear mi interpretación como una verdad absoluta. Precisamente porque hablamos de memoria histórica, debemos reconocer que la reconstrucción colectiva del pasado convive con memorias individuales atravesadas por las experiencias de quienes protagonizaron o vivieron aquellos acontecimientos. En estas discusiones emergen emociones que no siempre están vinculadas exclusivamente con la comprobación de hechos históricos concretos, sino también con el significado que las personas atribuyen a aquello que vivieron, con los ideales que defendieron, con las pérdidas que experimentaron y con la identidad que construyeron alrededor de esos acontecimientos. Esa conexión afectiva con el pasado es legítima y profundamente humana, pero también puede hacer particularmente difícil cuestionar críticamente los procesos históricos de los que uno mismo se siente parte.
Es un hecho que el derrocamiento de la dictadura somocista estuvo precedido por una amplia y legítima movilización ciudadana; en aquella ruptura histórica confluyeron sectores sociales y políticos diversos, aunque en su mayoría estuvieron influenciadas por las ideas de izquierda que se encontraban en auge en el contexto internacional de la época; reducir toda aquella movilización a un único proyecto político desconocería la pluralidad de aspiraciones que hicieron posible el derrocamiento de Somoza y las expectativas de transformación que movilizaron a una parte importante de la sociedad nicaragüense.
Asimismo, dentro de aquella pluralidad también existía un proyecto político organizado que aspiraba a conquistar el poder y ejercerlo desde una concepción profundamente autoritaria. Desde mi interpretación, es imposible comprender la deriva posterior sin analizar la naturaleza político-militar del FSLN, las influencias marxista-leninistas presentes en sectores de su dirigencia y la concepción del poder que terminó imponiéndose con el triunfo revolucionario. La existencia de una movilización popular legítima contra Somoza no debería impedirnos examinar críticamente el proyecto de poder que logró hegemonizar aquella victoria.
Es precisamente en este punto donde encuentro mi principal diferencia con la tesis planteada por Mónica Baltodano. Considero que el régimen actual sí puede entenderse como una derivación histórica compleja de la experiencia revolucionaria, aunque esto no significa afirmar que la dictadura Ortega-Murillo fuese un resultado inevitable de julio de 1979 ni que todas las personas que participaron en la Revolución fueran responsables de su posterior deriva autoritaria. Significa reconocer que, desde el derrocamiento de Somoza, se impuso una tendencia de gobierno autoritaria que concentró el poder, subordinó las instituciones y redujo el pluralismo político, mientras el país avanzaba hacia un conflicto armado que produjo consecuencias devastadoras para la sociedad nicaragüense.
Desde esta perspectiva, la relación entre la Revolución y la dictadura actual aunque no debe buscarse en una causalidad lineal según la cual todo lo ocurrido después de 1979 estaba predeterminado, si se comprende como la continuidad de un proyecto político, que los dirigentes del frente sandinista pretendían perpetuar al tomar el poder… porque su intención desde un inicio fue perpetuarse… las ideas de este grupo revolucionario con una visión profundamente comunista, no tenían la intención de dar lugar a la alternancia de poder; el hecho de qué llegara al poder, luego de ellos una facción liberal, por ejemplo, daría por terminada la instauración del sistema comunista que se pretendía (reforma agraria, comunitarismo, control estatal de la economía, etc.)
Estas concepciones y prácticas sobre el ejercicio del poder sobrevivieron a las transformaciones históricas posteriores. El régimen de hoy no es idéntico al gobierno revolucionario de los años ochenta, pero tampoco surgió en un vacío histórico. Daniel Ortega y buena parte de la estructura política que posteriormente reconstruyó su hegemonía se formaron y ejercieron el poder dentro de aquella experiencia.
La guerra profundizó todavía más las fracturas de la sociedad nicaragüense y dejó un legado de violencia, víctimas, silencios y memorias contrapuestas que el país nunca llegó a procesar plenamente. La impunidad terminó formando parte de la manera en que Nicaragua cerró formalmente aquel ciclo sin resolver muchas de las heridas que había producido.
Por eso considero tan importantes los diálogos intergeneracionales sobre nuestra memoria. No se trata de obligar a quienes vivieron la Revolución a renunciar al significado que aquella experiencia tuvo en sus vidas, ni de pedir a las nuevas generaciones que hereden intacta una interpretación construida por quienes las precedieron. Se trata de crear las condiciones para que ambas generaciones puedan encontrarse, cuestionarse y escucharse, reconociendo que una misma experiencia histórica puede contener simultáneamente aspiraciones legítimas de transformación, participación popular, autoritarismo, violencia, víctimas y responsabilidades.
Además, considero que ninguna concertación opositora será suficientemente sólida mientras estas heridas históricas y rivalidades continúen operando silenciosamente como mecanismos de exclusión, veto y desconfianza. Las complejidades y contradicciones de la oposición no pueden analizarse completamente al margen de estas memorias en disputa. Algunos de nuestros conflictos políticos actuales también son expresiones de discusiones históricas que nunca terminamos de sostener.
Por eso valoro que Mónica Baltodano plantee públicamente su interpretación y considero importante que quienes tenemos una lectura distinta podamos discutirla sin pretender clausurar el debate mediante verdades absolutas. Quizás el verdadero desafío de la memoria histórica nicaragüense sea precisamente construir un espacio en el que podamos reconocer la legitimidad de las experiencias personales sin renunciar al análisis crítico de los hechos, las estructuras y las responsabilidades.
Solo mediante el diálogo podremos resignificar nuestras memorias y heredar a las futuras generaciones una historia suficientemente compleja para explicar nuestras contradicciones y suficientemente crítica para impedir que vuelvan a repetirse.
Yaritzha R. Mairena,
Activista política, politóloga y estudiante de Trabajo Social.
