Por Daniel Zovatto
Daniel Ortega ya no necesita fingir. El domingo 19 de julio, durante el acto por el 47 aniversario de la revolución sandinista en Managua, el dictador nicaragüense dijo en voz alta lo que su régimen ha ejecutado en silencio durante casi dos décadas: “Aquí no volverán a haber elecciones para que por allí intenten ellos atrapar el gobierno, atrapar el poder”. No hubo eufemismo, no hubo el lenguaje ambiguo al que nos tiene acostumbrados el poder autoritario cuando quiere disimular. Fue una sentencia directa, pronunciada ante una multitud convocada para celebrar la misma revolución que Ortega ha traicionado.
La frase no sorprende a quien hemos seguido y denunciado la trayectoria dictatorial del régimen de Ortega-Murillo desde 2007. Sorprende, sí, la franqueza. Porque durante años el ortodoxo libreto de todo autoritarismo consistió en mantener la fachada electoral: convocar comicios, controlarlos, y luego celebrar la “victoria” con porcentajes que rondaban ya lo absurdo. En 2021, Ortega ganó con más del 75% de los votos después de haber encarcelado a siete precandidatos presidenciales opositores y de haber ilegalizado a los partidos que se le oponían. Aquello ya era una farsa. Lo de ahora es más grave aún: es la confesión de que ni siquiera la farsa hará falta.
Lo que este anuncio confirma es la culminación de un proceso: la reforma constitucional de febrero de 2025, que eliminó la separación de poderes y convirtió a Rosario Murillo en copresidenta sin haber pasado jamás por las urnas para ese cargo, no fue un episodio aislado. Fue la arquitectura legal de un cierre definitivo. Ahora Ortega anuncia que trabajará con una Asamblea Nacional que él mismo controla para levantar, en sus palabras, un “muro” legal que impida cualquier alternancia. Es el fraude institucionalizado como doctrina de Estado.
Resulta revelador, también, el momento elegido. Ortega habla de elecciones que “no volverán a haber” apenas meses después de la caída de Nicolás Maduro en Venezuela, a quien el propio Ortega dedicó palabras de solidaridad en el mismo discurso. El dictador nicaragüense observa el desenlace de su antiguo aliado y, en lugar de moderar el discurso, lo endurece. Es la reacción de quien entiende que cualquier apertura, por mínima que sea, es una grieta por donde puede colarse el fin del régimen.
Nicaragua vive hoy bajo un poder que ya no necesita el ritual democrático ni siquiera como decorado. Lo grave no es solo lo que Ortega dijo, sino la indiferencia con la que lo dijo: sin matices, sin miedo a la reacción internacional, sin el más mínimo gesto hacia la comunidad de naciones que durante años exigió elecciones libres. Es la certeza de quien se sabe sostenido por un ejército y una policía convertidos, hace tiempo, en guardia pretoriana familiar antes que en instituciones del Estado.
Frente a esta declaración, el silencio no es una opción. La comunidad internacional, los organismos de derechos humanos, cuantos repudiamos esta dictadura represora, asesina y corrupta y, sobre todo, los nicaragüenses que resisten desde el exilio o desde el silencio impuesto dentro del país, tienen ante sí una evidencia que ya no admite ambigüedad: Nicaragua es hoy la dictadura más desafiante de América Latina, la que con mayor descaro copia el modelo norcoreano de poder hereditario y opacidad total, y la que más se jacta de su propia impunidad. Ortega no oculta ya su desprecio por cualquier límite; lo exhibe como triunfo. La pregunta, entonces, no es qué hará él —eso ya lo ha dicho con toda claridad— sino hasta dónde y hasta cuándo el resto del continente y del mundo están —estamos— dispuestos a seguir permitiéndoselo.
Daniel Zovatto | Politólogo y jurista. Experto en democracia, elecciones, gobernabilidad y política internacional. Creador y editor de Radar Latam 360.
Opinión publicada originalmente en Radar Latam 360
