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Ezequiel Molina | Octubre 31, 2024  

Cualquier intento de unidad opositora para que sea exitosa tiene que pasar por algunos caminos, que aunque ya han sido transitados, no parecen ser tomados como referentes para quienes se han autodenominado líderes de la oposición a la dictadura sandinista. Abandonar los protagonismos personales dirigidos a proyectar como “presidenciable” a tal o cual “líder”, apartarse de posicionamientos ideológicos, partidarios o doctrinarios que pretendan imponerse como la solución única o prevalente para enfrentar la problemática condición socioeconómica, política y jurídica que se heredará de más de dos siglos de erráticas alianzas entre la clase política y los poderes fácticos, y establecer el quehacer político como tarea exclusiva de eruditos, especialistas y políticos profesionales, son entre otros, los lastres de los que no han podido deshacerse los personajes que hasta hoy dirigen el vehículo opositor desde el exilio.

El sandinismo, siguiendo las órdenes del dictador cubano Fidel Castro, pero también entendiendo las exigencias de la lógica política, se unieron y lograron asaltar el poder, aunque esa unidad tuvo que pasar por la desaparición física de su máximo líder, Carlos Fonseca, muerto en un opaco episodio, reavivado por las declaraciones de Humberto Ortega, quien lo declaró “mártir” antes de morir, en circunstancias más cercanas a un crimen que a una muerte natural.

La Unión Nacional Opositora (UNO) logró designar una candidata única, y aglutinar una variopinta coalición que logró, amparada en la lucha armada de miles de campesinos, en la caída del socialismo y en el rechazo del pueblo a los crímenes y abusos del sandinismo, llegar al poder y allanar el camino, para que por 16 años el país transitara por una democracia frágil y una recomposición económica, que siguiendo el mandato del Ajuste Estructural, falló al designar como beneficiarios a las élites tradicionales y a la naciente oligarquía sandinista, gran beneficiaria de la “piñata”; a ello se añadió la rampante corrupción, que a la larga sirvió de base para relanzar a un Daniel Ortega “arrepentido” y promesante jurado de que “todo será diferente”.

Pero otra política es posible, la política patológica que hasta ahora se ha practicado naufraga por si sola, y debemos considerar tal fracaso como parte del proceso que permita levantar la bandera de la política de la lógica, del sentido común; la política propositiva, que promueva la participación ciudadana, que edifique la nueva filosofía del servicio público, que diseñe un nuevo modelo de justicia, libertad y equidad. Es un proceso complejo, largo y seguramente lleno de amenazas, pero Nicaragua tiene potencial intelectual, moral y económico que hacen posible un nuevo modelo para todos y no para minorías predestinadas.