Edgard Blanco López | 21 abril 2025
Existe tanto por desentrañar en este artículo (refiriéndome al artículo publicado en el medio Divergentes, titulado «A siete años después de abril, una oposición intrascendente y extraviada en Nicaragua») que conviene desmenuzarlo con calma, párrafo a párrafo. Confieso que, por pereza, lo he leído desde la diminuta pantalla de mi celular, pero aun así quisiera apuntar algunas observaciones preliminares.
En primera, respecto a lo que plantea el señor Orozco, se expresa como si no formara parte del problema, cuando precisamente su cercanía a la cúpula opositora exige un saludable ejercicio de autocrítica. Decía Sartori, que toda élite política debería someterse a un escrutinio constante de sus propias praxis para no caer en la arrogancia que corroe la legitimidad del debate público. En mi caso, siempre hablo en primera persona al cuestionar a la oposición porque yo mismo he formado parte de distintos grupos y dirijo algunos incluso; no pregendería hacer de pilatos y lavarme las manos y mucho menos me podría declarar “opinador externo”.
En cuanto a lo que agrega el Sr. Núñez, coincidimos parcialmente existe un choque generacional que sólo podrá repararse cuando confluyan la humildad y la voluntad de cambio, el mismo Huntington (gran politólogo) en una de sus máximas obras “La tercera ola” (muy recomendada por lo demás) que la renovación de liderazgos requiere enfrentar el legado de prácticas caducas —arrogancia, secretismo, clientelismo— que desincentivan la confianza ciudadana, a esto le podemos agregar características propias de nuestra cultura política nicaragüense muy bien recogidas por el gran Serrano Caldera. No se trata de un abismo insalvable entre jóvenes y adultos, más bien de un déficit de autocrítica y de valores que urge corregir. Mientras la vieja guardia persista anclada en viejos vicios, su ejemplo seguirá gestando pupilos con los mismos defectos y mañas.
El autor del artículo afirma que: “Mientras tanto, la dictadura avanza. Monteverde, uno de los principales grupos opositores, y que mayor seriedad causaba, fue detonada por pugnas internas, sobre todo después que un grupo de políticos derechistas plantearon la división de la concertación con un “bloque de derecha”. Una narrativa que abona a la sensación de que la oposición vive en rencillas intestinas y no avanzan. Eso genera desinterés de la gente, convierten a la oposición en intrascendente. “
No, señor Miranda: Monteverde no fracasó por una mano invisible de la derecha que dividió a mansalva, sino por su propia arrogancia, su necesidad de protagonismo, el utilitarismo con que trataron a ex presos políticos, la exclusión de docenas de liderazgos principalmente juveniles y, sobre todo, el secretismo que mantuvieron durante años como si fuesen una secta hermética. Su lógica caudillista —“nos reunimos un grupo de amigos para salvar Nicaragua”— terminó por autoexcluir a quienes no se plegaron a sus apetitos de subvención gringa. No trate de justificar los errores de un grupo opositor que debe asumir su responsabilidad.
¿Y ahora qué?
Pues nada, urge desarrollar una estrategia verdaderamente innovadora que separe lo que no ha funcionado y evite parir nuevas estructuras con los mismos rostros de siempre y las mismas estrategias obsoletas, ya lo decía Dahl en “La poliarquía” palabras más, palabras menos, toda coalición democrática debe flexionar sus redes internas y garantizar mecanismos de inclusión y rendición de cuentas. Repetir las mismas fórmulas equivale a condenarnos a la inacción y la obsolescencia.
Teniendo en cuenta lo anterior en esta misma red social, expresé abiertamente mi disposición a reconciliarme con quienes sea necesario, suplicando que mis compañeros de lucha hagan lo propio. Dejar atrás mezquindades y rencores personales no es un acto de debilidad, sino una apuesta por algo mucho más grande: Nicaragua.
Miren, yo tengo 26 años y, con algo de suerte, salud y fuerzas del cielo, me quedan décadas para ver esta tormenta disiparse. Quizá asista a funerales de algunos intransigentes, llenos de pulcritud ideológica y experiencia política, o quizá no. Lo esencial es que quienes tengan menos tiempo, les pido que dejen un buen legado a las futuras generaciones para que les recuerde con admiración y no con rabia y lastima por lo que no pudieron hacer.
Al final, lo único imperativo es seguir luchando desde donde nos toque. No hay peor derrota que la omisión; pues la verdad los malos ganan solo si los buenos dejamos que lo hagan y renunciamos a luchar. ¡SI ES POSIBLE!
Edgard Blanco López | Politólogo – Universidad de Costa Rica UCR | Gestor de proyectos de desarrollo social | Consultor independiente en temas de juventud, derechos humanos, políticas públicas y gobierno | Activista por la democracia
