Xavier Ruiz Ribes | 29 de julio 2025
El pasado 19 de julio se presentó en vivo y en directo el penúltimo episodio de la tragicomedia que viene desarrollándose al menos desde 2018, y que ha tenido como principales protagonistas a la pareja de dictadores que usurpan el poder en Nicaragua. Después de la carta de defunción anticipada que Daniel Ortega expuso a la concurrencia en la Plaza de la Fe, todo un ejercicio testamentario en vida de un viejo en claro declive, ya solo queda esperar el desenlace del capítulo final, que no podrá ser otro que la caída suprema y definitiva de su cuerpo mortal en días venideros.
Anticipar el colapso de uno mismo no deja de tener su carga profética, por mucho que los médicos ya le hayan ofrecido antes un diagnóstico irreversible y que los síntomas que el paciente va notando delaten que esta vida ya no da para más. Pero exponerlo ante los oídos y los ojos de quienes tenían la paciencia y el arrojo de escucharlo y verlo en plena ceremonia decadente, con sus banderines y sus cánticos de otros tiempos, se convirtió en un espejo brutal de este régimen y de quienes lo sostienen: la imagen perfecta del ocaso y la expiración de toda una época pasada.
Este gran guiñol no puede tener continuidad de ninguna manera, porque muerto el titiritero mayor, los hilos que maneja quedarán expuestos ante el mundo como lo que son, meros apéndices delgadísimos que se romperán en cuanto el resto de las marionetas pretendan mover un solo dedo sin el consentimiento del dueño. Solo hay que pensar por un momento en todos los personajes que componen el resto del elenco y que pretenden alargar la farsa más allá de lo razonable: ni uno solo tiene la suficiente enjundia para heredar una República agonizante, marchita y que amenaza ruina.
Ese “todos somos Daniel” que se proclamó de manera insistente es la forma más sutil de decir que con Daniel mueren todos. Se le podrán reprochar mil acciones perversas y un listado mareante de delitos, pero también habrá que reconocer que su temple ha aguantado hasta el último aliento y que su muerte acaecerá en una mullida cama: nadie supo impedirlo. Pero no existe, hasta donde nuestros ojos alcanzan, una figura de ese calibre que vaya a ocupar un espacio político que genere el mismo consenso y la sumisión de sus más fieles seguidores.
Llegados a este punto, es hora del autoexamen para reconocer en qué lugar se encuentra cada uno cuando se está a las puertas del día más esperado, de la fecha que todo el mundo sabía que iba a llegar y que ahora, de manera indiscreta, nos anuncia su propio protagonista. No se trata de ningún cisne negro, porque este es el evento más previsible de todos, el que inexorablemente acabaría ocurriendo más tarde o más temprano y que marcará el fin de un tiempo y el inicio de otro.
Lo que está por escribir es ese mañana que vendrá inmediatamente después, y que puede transitar por distintos caminos en función de las acciones que se tomen por parte de quienes todavía sueñan con un futuro en libertad. Es innegable que esta decisión solo tendrá consecuencias reales si ha sido pensada, articulada y elaborada desde mucho antes, y han transcurrido varios años para estar preparados. Lo espontáneo y lo caótico ya se probó en 2018 y bien se sabe cuál fue el resultado final, y eso sin mencionar los intereses contrapuestos y legítimos que cada grupo y clase social que salió a las calles pudiera tener entonces.
La Historia puede escribirse en directo solo en muy contadas ocasiones, y no es habitual tener consciencia de hallarse en un punto de quiebre que puede modificarlo todo en función de las decisiones que se tomen. Todo suele suceder a toro pasado, cuando los hechos ya no pueden alterarse y solo toca lamentarse de lo que se hizo mal, o simplemente de aquello que no se hizo. Cuántos suspiros se han vertido por ese abril malogrado, que casi se ajusta con precisión al primer verso de “La tierra baldía”: Abril es el mes más cruel. ¡Como si Elliot lo hubiera escrito ayer!
Ahora, ante la perspectiva de asistir a un acto crucial que no por esperado será menos contundente, habrá dos grandes fuerzas que inevitablemente colisionarán entre sí, y ambas presididas por el miedo: la de los que temen desde adentro que la desaparición física del líder supremo cause un terremoto social y político imparable, y la de los que temen desde afuera que todo esté atado y bien atado y que una vez más no sean capaces de estar a la altura de lo que el país demanda.
Y esta es la clave del asunto: dejarse llevar por sensaciones o por falsas interpretaciones de la realidad solo conduce a la parálisis o a tomar decisiones erróneas. Y esto es lo que ha intentado el régimen mediante sus medidas puestas en escena: proclamar el control total de la sociedad, cuando sabemos que Nicaragua no es Corea del Norte, ni por la idiosincrasia de su gente ni por su espíritu de lucha tantas veces demostrado. La brutalidad de los actos acaecidos desde 2018 (presos políticos, asesinatos, secuestros, atentados…) no contradice esa imposibilidad fáctica de contar con ojos y orejas en cada esquina de cada barrio, y la necesidad de llamar públicamente a no bajar la guardia es la prueba más clara de que no hay capacidad para llegar a todo: ni hay gente, ni hay recursos, ni hay mística.
De aquí que las plazas deban llenarse ahora con figurantes con camiseta para aparentar multitudes que ya no existen. Todo es tramoya: es lo que deben saber quiénes permanecen activos en el combate por la libertad, quienes construyen una alternativa que deberá ser puesta en práctica cuando las condiciones lo permitan, quienes han ido creando un plan de trabajo esperando el día en que se deban tomar decisiones.
Ese día ha llegado, yo lo escuché el pasado 19 de julio y por boca del portavoz más impensado. Ahora ya sabemos dónde desemboca todo este tinglado y cuál es el final de la obra. Lo que deberá preguntarse el lector es si sabe dónde va a estar mañana y en qué consistirá su cometido: de ello depende el rumbo que tomará el país.

*El autor es cooperante español en Centroamérica
