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No votar también es elegir (y luego fingir sorpresa)

¿En serio 43 de cada 100 votantes no fueron a la última elección? De verdad, les envidio con enojo, rabia, tristeza y decepción.

Por Jhoswel Antonio Martínez

No puedo votar en Costa Rica. No porque no quiera. No porque no me interese la política. No porque crea que da igual.

No puedo votar porque soy nicaragüense, refugiado y desnacionalizado. Porque un régimen autoritario decidió que yo ya no merecía una nacionalidad, y con ella me arrebató uno de los derechos más básicos: el derecho a elegir.

Desde esa orilla —la de quien fue expulsado de la democracia— observo con indignación y tristeza el creciente abstencionismo en Costa Rica. Un país que aún puede votar libremente, que todavía tiene elecciones competitivas, un Tribunal Supremo de Elecciones respetado y una historia democrática que muchos en la región perdimos.

Y sí, lo digo sin eufemismos: les envidio. Les envidio tener algo que yo no tengo. Pero me indigna ver cómo tantos lo desprecian. No votar con estas garantías no es un acto neutral. No es inocente. No es “castigo al sistema”.

No votar es dejar que otros decidan por usted. Es renunciar a la única herramienta que iguala al poderoso con el ciudadano común. Es regalar su voz y luego sorprenderse cuando el resultado no le gusta.

Porque aquí está la parte incómoda que muchos prefieren no escuchar: cuando millones se quedan en la casa, los pocos que sí votan deciden por todos. Y muchas veces, deciden mal. No porque sean más, sino porque fueron los únicos que aparecieron.

Luego vienen las quejas.

“¿Cómo llegamos a esto?”

“¿Quién votó por esta gente?”

“Este país ya no es el mismo”.

Pero ¿dónde estaban cuando tocaba votar?

La abstención no castiga a los malos políticos; los favorece. Reduce el costo de ganar, radicaliza las decisiones y debilita la legitimidad democrática. Le deja el terreno libre al populismo, al oportunismo y a quienes entienden muy bien que la apatía ciudadana es su mejor aliada.

En Nicaragua no despertamos un día en dictadura por sorpresa. Llegamos ahí paso a paso, entre abstenciones, apatías, concesiones pequeñas, normalizaciones peligrosas. Hasta que ya no hubo marcha atrás. Hasta que votar dejó de ser un derecho y pasó a ser una simulación… y luego, nada.

Costa Rica no es Nicaragua. Pero ninguna democracia es inmune al abandono. La democracia no se pierde solo con golpes de Estado; también se pierde cuando la ciudadanía se retira.

Votar no es un acto de amor. A veces es un acto de rabia. O de miedo. O de responsabilidad mínima. Pero es un acto indispensable. Es decir: “esto me importa lo suficiente como para no dejarlo en manos de otros”.

Yo daría lo que fuera por tener esa papeleta.

Por equivocarme votando, incluso.

Porque equivocarse votando es un lujo democrático. No votar es rendirse.

Así que voten.

Voten aunque duden.

Voten aunque ningún candidato les entusiasme.

Voten para tener autoridad moral cuando critiquen.

Y si deciden no hacerlo, al menos sean honestos: acepten que otros elegirán por ustedes y que luego no hay derecho a fingir sorpresa.

La democracia no se hereda para siempre. Se cuida o se pierde. Y cuando se pierde, créanme, ya es demasiado tarde para lamentarse.

Si no votan, me iré enojado, no con el 43% que no votó la última elección, sino, con usted que no le importa tener un derecho que yo no tengo, y que le puede ser arrebatado. No hay quejas si no hizo nada cuando pudo. Votar es su herramienta para expresar descontento, por lo que, si siente que todo va mal, vote.

Jhoswel Antonio Martínez.

Presidente de la Asociación Intercultural de Derechos Humanos (ASIDEHU).