Leonel Argüello Yrigoyen, médico epidemiólogo
La adicción a las drogas es un problema multicausal y las respuestas que funcionan son combinadas, sostenidas y basadas en evidencia científica, no en ideología ni en eslóganes políticos. No existe una solución única ni rápida. Se debe tratar la adicción como un problema de salud, no solo criminal
Durante décadas, el enfoque dominante ha sido la represión, y los resultados han sido más muertes, encarcelamiento y poco impacto real en el consumo problemático. La evidencia internacional muestra otro camino.
La adicción es una enfermedad crónica, no una falla moral. Los países y regiones que han reducido muertes y costos sociales tienen algo en común: el acceso amplio y asequible al tratamiento de las adicciones, tanto ambulatorio como hospitalario, e integración real con la salud mental.
La depresión, el trauma, la ansiedad y el consumo de sustancias suelen coexistir. Tratar una sin la otra resulta ineficaz. Además, el tratamiento debe ser continuo, no episódico. Castigar sin rehabilitar o encarcelar consumidores sin tratamiento no solo no funciona, sino que empeora el problema y encarece el sistema.
La reducción de daños suele ser impopular, pero es una de las estrategias con mayor respaldo científico. No promueve el consumo, sino que reduce muertes y enfermedades. Incluye medidas como la distribución de naloxona para revertir sobredosis, el análisis de sustancias para detectar fentanilo en cocaína y centros de consumo supervisado, polémicos pero efectivos. La evidencia señala que disminuyen las muertes, bajan las tasas de VIH, hepatitis y aumentan las entradas voluntarias a tratamiento. Priorizar que la gente no muera es una política básica de salud.
La cocaína rara vez es el primer paso. El camino suele empezar mucho antes, con trauma infantil, violencia, abandono, fracaso escolar y consumo temprano de alcohol o marihuana. La prevención efectiva no se basa en mensajes simplistas como “di no a las drogas”, sino en programas escolares centrados en habilidades emocionales, apoyo real a familias vulnerables y detección temprana del consumo problemático en adolescentes. Cada dólar invertido en prevención ahorra varios en salud, justicia y cárceles. Nunca olvidemos la prevención temprana.
La llamada “guerra contra las drogas” fracasó porque atacó el eslabón más débil: el consumidor. Los mercados ilegales se adaptan más rápido que los gobiernos. Las medidas con impacto real incluyen perseguir el lavado de dinero y controlar los precursores químicos. Golpear el negocio, no solo al usuario. Se requiere una cooperación internacional genuina, no solo militar.
El consumo de drogas aumenta donde hay desigualdad, aislamiento social, falta de propósito y crisis de sentido. Por eso el problema crece incluso en países ricos. Las políticas indirectas, pero clave por su contribución, son el empleo digno, la vivienda estable, las redes comunitarias y el acceso a la salud mental.
Ejemplos de modelos que funcionan. Portugal despenalizó el consumo y lo vinculó a las comisiones de salud. Resultado: menos muertes, VIH, cárcel, sin aumento del consumo total. Suiza apostó por reducción de daños radical: centros supervisados y heroína médica para casos severos. Logró caídas drásticas en las sobredosis y la criminalidad. Canadá y Alemania integraron la salud pública, los derechos humanos y la cobertura universal, con mejoras claras en la supervivencia y la estabilidad a largo plazo. En contraste, Estados Unidos, con un sistema fragmentado y un alto estigma, mantiene tasas crecientes de muertes, especialmente por cocaína adulterada con fentanilo.
La solución no es eliminar las drogas, sino reducir el daño, el consumo problemático y las muertes, y tratar la adicción como una enfermedad en un contexto social real. Las drogas no se erradican. El daño sí se puede reducir, como ya lo demostró la evidencia.
