La utilidad política a la que apunta el aparato de propaganda sandinista consiste en crear una realidad funcional a sus intereses, a través de un modelo informativo que busca generar credibilidad, disciplina e incluso temor. Sin embargo, ese modelo se encuentra hoy estructuralmente erosionado. Y es que, mientras la propaganda se basa en el poder para imponerse, el periodismo se sostiene en la credibilidad. En este contexto, los medios en el exilio han alterado el ecosistema informativo dictatorial, descuadrando su capacidad de persuasión y reduciendo el alcance de su monopolio informativo.
La dirección del aparato de propaganda dictatorial ha purgado a sus voceros más connotados. Esta renovación, posiblemente inducida por la asesoría rusa, intenta jubilar un discurso anquilosado en la diatriba y el epíteto, incapaz de conectar con una juventud que habita en ecosistemas digitales ajenos al control estatal, pretendiendo fallidamente inculcar el mensaje de la pareja dictatorial: que Nicaragua es un milagroso éxito económico, que Rusia, China e Irán son sus aliados ideológicos y que Nicaragua vive una revolución, entre otras falacias.
Un análisis basado en las teorías de los investigadores Sergei Guriev y Daniel Treisman sobre autoritarismo, muestra que no estamos frente a un simple fracaso del aparato propagandístico sandinista, sino ante una mutación hacia un modelo que abandona la propaganda como convencimiento para convertirla en señal de poder, mecanismo de coordinación e instrumento de dominación.
Este fenómeno se agudiza al aplicar la Teoría de la espiral del silencio de Elisabeth Noelle-Neumann, cuyo planteamiento central indica que las personas tienden a silenciar sus opiniones cuando perciben que son minoritarias por miedo al aislamiento social. Sin embargo, esta espiral se debilita ante el bajo rating de los medios oficiales y su consecuente pérdida de legitimidad narrativa. A ello se añade una falta de estrategia comunicacional coherente, lo que deriva en una visible inestabilidad operativa del modelo.
Por otro lado, el crecimiento de medios en el exilio y su sostenida capacidad de elevar audiencias no solo implica la ruptura del monopolio informativo, sino que introduce un elemento más disruptivo: la creación de contra-narrativas creíbles que fisuran la ilusión de unanimidad sobre la que descansa todo régimen autoritario. En este contexto, el exilio deja de ser un simple espacio de denuncia para convertirse en un actor comunicacional que reconfigura el equilibrio informativo, debilitando los mecanismos de control simbólico del poder.
Este escenario plantea un reto estructural al aparato propagandístico sandinista. El debilitamiento de la persuasión y su repliegue hacia la intimidación y señalización del poder implican que su sostenibilidad depende, cada vez más, de la capacidad del régimen para administrar el silencio. Pero el silencio no es infinito, se fractura ante la multiplicación de voces con credibilidad.
La propaganda ya no compite por imponer una verdad, sino por administrar su propio colapso.
Ezequiel Molina
Mayo 4, 2026
