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William González Guevara: Versos contra el machete en el santuario de la memoria de Lorca

«Han desaparecido sus huellas dactilares

por el hipoclorito de sodio, la lejía.

Una mujer sin nombre que rebusca devastada su propia identidad”.

Con estos versos, el joven nicaragüense William González Guevara inició su intervención este martes 5 de mayo en el municipio de Víznar, Granada en España. En el marco del Festival Internacional de Poesía (FIP), el autor dialogó con el poeta Gerardo Rodríguez Salas en una jornada donde la memoria histórica y la violencia contemporánea se entrelazaron bajo el sol andaluz.

El encuentro se desarrolló en un ambiente de conexión con la naturaleza, al aire libre y al amparo de un árbol frondoso que servía de refugio contra el sol de la tarde. El escenario, sin embrago, contrastaba con la paz del entorno: La Colonia del municipio de Víznar, un antiguo cortijo que durante la guerra civil española fue una prisión encubierta donde miles de personas, incluido Federico García Lorca, pasaron sus últimas horas antes de ser fusiladas en los barrancos cercanos. Para González Guevara, estar en este sitio fue especial, sintiendo que su palabra dialogaba con la violencia que aún impera.

La organización del FIP busca, al llevar la poesía a estos espacios, generar un diálogo necesario con la historia. «Creo que William y Federico, en ese sentido, están unidos precisamente por la poesía como arma de reparación y retribución y justicia», afirmó Rodríguez Salas, subrayando que la palabra es la única alternativa frente a la violencia que «contamina los suelos».

González Guevara, nacido en Nicaragua en el año 2000 y emigrado a España a los 11 años, es hoy una de las voces más potentes de la lírica centroamericana. A pesar de su juventud, ya cuenta con galardones prestigiosos como el Premio Hiperión y el Premio Espasa de Poesía por su obra Cara de crimen. Durante el evento, el autor reivindicó su identidad mestiza y periférica: «Yo no soy madrileño, yo soy carabanchelero», declaró en referencia a su barrio en el sur de Madrid.

La historia de William es un relato de supervivencia que conmovió a quienes asistieron en Víznar. El poeta confesó que su destino original no eran las letras, sino la delincuencia en las calles de Managua. «Yo no estaba destinado a estar aquí con vosotros, estaba destinado a matar gente, a ser un sicario», reveló con crudeza, explicando que su familia estaba vinculada a los Sumis, una pandilla fundada por sus propios primos.

A los siete años, William presenció su primer asesinato: un pandillero cuya cabeza fue destrozada con un adoquín. Esa escena, que describió como macabra, lo marcó de por vida y se convirtió en el germen de su poesía de denuncia. «Normalizar la violencia… es algo que está sucediendo y me preocupa mucho», señaló, comparando sus vivencias infantiles en Nicaragua con los brotes de violencia que observa actualmente en los barrios obreros de España.

Sin embargo, el curso de su vida cambió gracias a la determinación de su madre, quien abandonó un puesto administrativo en Nicaragua para trabajar limpiando casas en España. El poeta recordó cómo ella hacía horas extras en el sector de la limpieza para comprarle los libros que él tanto anhelaba. «Mi madre lo evitó vistiendo mi niñez con libros, poemarios y novelas», recitó William, asegurando que él es la prueba viviente de que los libros salvan vidas.

Su más reciente libro, Cara de crimen, es el resultado de cinco años de investigación en los que se adentró en Centroamérica para entrevistar a sicarios y pandilleros. González Guevara relató momentos de extrema tensión, como cuando un entrevistado apoyó una pistola cargada sobre la mesa, apuntando directamente a su corazón. «Tenía miedo, pero eso era algo pendiente desde que era niño», explicó, subrayando que su objetivo era buscar la parte humana detrás de esas infancias rotas.

El autor rechazó convertir estas experiencias en titulares amarillistas, optando por la sustancia poética para dar voz a las historias invisibles. Durante el recital, dedicó versos a mujeres víctimas de la violencia de las maras, como en su poema «Útero gangrenado», inspirado en una mujer guatemalteca que decidió abortar tras ser violada por pandilleros. Para William, la poesía debe ser emoción y no solo un artefacto lingüístico.

La situación política de Nicaragua también estuvo presente, dado que el poeta tiene prohibida la entrada a su país por el régimen de Daniel Ortega. González Guevara denunció que sus libros entran de forma clandestina a través de las fronteras, transportados por jóvenes que arriesgan su libertad. «Hacer un acto como este en Nicaragua… iríamos todos a la cárcel», advirtió, destacando que para la dictadura la palabra es vista como una amenaza directa.

El poeta reflexionó sobre el respeto casi sagrado que existe hacia la cultura en los lugares más insospechados. Relató que en los barrios marginales de Centroamérica existe un pacto no escrito: no se puede matar a nadie en la calle donde hay una biblioteca. «La biblioteca se convierte en escudo antiviolencia, refugio de los nadies soñadores», leyó de su poema «Biblioteca antiviolencia», reafirmando el papel de la cultura como resistencia ética.

El encuentro en Víznar cerró con una declaración de principios, «Ojalá poetas como ustedes yo pudiera cantarle a la alegría… y no al horrendo machetazo… ni al pandillero que pude haber sido», concluyó William González Guevara. Así, en la tierra donde Lorca perdió la vida, un joven nicaragüense encontró en la palabra la forma de recuperar la suya y de honrar la memoria de quienes ya no tienen voz.