POR: Luis Paulino Vargas Solís
Me gustaría que alguien hiciera un recuento preciso de las frases y palabras más repetidas por Laura Fernández en su discurso, pero, así, a puro cálculo intuitivo, y haciendo a un lado las numerosísimas referencias teológicas, creo que “mano dura” ocupa el primer lugar. El segundo puesto me parece que va para la palabra “cambio”. Asimismo, pudimos confirmar que “no aflojar” ha pasado a ser otra de sus frases favoritas.
Y, sin embargo, en la jerarquía de lo cualitativamente rimbombante, la referencia a “la tercera república” se lleva los lauros y la medalla de oro.
¿Qué hará doña Laura para que esa “tercera república” sea, efectivamente, una Tercera República?
Si el asunto pasa por hablar a gritos; repetir como cotorra enchilada la frase “mano dura”; construir una marina en Limón; una “ciudad gobierno” en San José; una mini-mega cárcel en Alajuela; retomar, cuatro años después, el proyecto del tren eléctrico, pero ahora reducido a un proyectito encogido y mutilado; y continuar construyendo las carreteras que el gobierno anterior heredó de gobiernos previos pero dejó inconclusas.
Si el asunto pasa por eso, y si con eso basta, pues si, podría ser –suponiendo que se cumpla con esas obras– que sí tendríamos una “tercera república”.
Pero, para que esto último tuviese sentido, un mínimo de sentido, habría que optar por un ejercicio de olvido, o, si usted lo prefiere, por un ejercicio de borrado de la historia.
Deberíamos, en otras palabras, hacer que la ignorancia y la estupidez sean virtudes y que el estudio de la historia de Costa Rica sea un delito que merece ser perseguido con “mano dura”.
Yo puedo entender que Laura Fernández ni lo sepa ni lo entienda. Como estoy seguro que Chaves y Cisneros tampoco lo saben ni lo entienden.
Pero en Costa Rica todavía hay gente –cada vez menos, pero todavía la hay– que no tiene pereza de leer y estudiar.
Y esa gente sabe y entiende que la Segunda República de Costa Rica no se fundó pegando gritos ante un micrófono ni sobre la base de construir un tren y algunas carreteras y edificios.
En rigor, podríamos decir que la Segunda República empezó a fundarse –pero aún sin ese nombre– a inicios de la década de 1940, con el Código de Trabajo, las Garantías Sociales y la creación de la Caja y la UCR.
Y, no lo olvidemos, eso fue posible por la alianza entre el gobierno de Calderón Guardia, la Iglesia Católica liderada por Monseñor Sanabria y el Partido Comunista liderado por Manuel Mora.
Siiiií, así como lo oyen ¡¡¡el Partido Comunista!!!
Bueno es decirlo, ahora que los chavistas andan abriendo tumbas y sacando putrefactos cadáveres ideológicos, intentado asustar a incautos e ignorantes.
Ahora bien, es cierto que propiamente el concepto de “Segunda República” solo apareció después de la guerra civil de marzo-abril de 1948, acuñado por Pepe Figueres y sus muchachos, puesto que, además, el país fue gobernado entre abril de 1948 y noviembre de 1949, por la así designada “Junta Fundadora de la Segunda República”.
Pero lo importante de esto es que a las reformas sociales de los primeros años cuarenta, se sumaron nuevos cambios. Surgió la actual Constitución y un ramillete de reformas institucionales y normativas de muy amplios y ambiciosos alcances.
En su despliegue posterior, a lo largo de los siguientes decenios, el conjunto de esas ricas y visionarias reformas lograron cambiar profundamente el rostro de Costa Rica y le dieron prestigio y reconocimiento internacional.
No fue algo que surgiese a partir de construir una cárcel, un trencito eléctrico, una marina, dos carreteras y tres edificios. Fue algo infinitamente más rico, complejo y clarividente.
Sí, ya se: ni Fernández ni Chaves ni Cisneros lo entenderán jamás. Ojalá que la ciudadanía costarricense sí lo entienda.
