Espiral de la Historia

Entrevista histórica de Marta Harnecker a Humberto Ortega (Parte II)

Fidel Castro, líder de la revolución cubana junto al comandante Humberto Ortega / Cortesía

M.H.- Y el tener luego que retirarse de las ciudades tomadas, ¿eso no marca un fracaso?

H.O.- No, no, porque se toman las ciudades, se le quitan armas a la Guardia, se les reduce, se hostiga al enemigo y cada vez que se puede se sigue golpeando. Todo el mundo se queda en las ciudades o alrededor de ellas.

Ya en ese momento la columna Carlos Fonseca funcionaba en el Norte, sin tener una sola derrota táctica.

Paralelamente las fuerzas guerrilleras de la columna Pablo Úbeda, en los centros montañosos, lograban irse reactivando al tener un respiro, ya que la Guardia se vio obligada a quitar la presión que hasta ese momento concentraba sobre ellas. El movimiento guerrillero de Nueva Segovia tuvo mucha más influencia sobre los centros vitales, económicos, sociales y políticos, al quedar más cerca de ellos. Pero fue el movimiento guerrillero tradicional y el que se seguía manteniendo en los centros montañosos los que permitieron el crecimiento y la hegemonía moral y política del sandinismo hasta octubre.

O sea, octubre continúa toda una obra que se dio desde el punto de vista de los esfuerzos armados, fundamentalmente, en esos centros montañosos, porque así lo señalaban las condiciones operativas de ese entonces, pero llegó un momento en que la lucha armada tenía que trasladarse a zonas de mayor influencia política.

No se trataba de atesorar lo acumulado sino de reproducirlo. Si nos quedábamos ahí estábamos atesorando, si nos desplazábamos a otras zonas estábamos reproduciéndonos.

Todo el impacto de las acciones de febrero tienen su máxima expresión en la insurrección de los indios de Monimbó. Es la primera insurrección como tal, organizada, preparada de antemano por los indios y los sandinistas que allí había. El combate duró casi una semana, hasta el 26 de febrero. El enemigo aplasta esa insurrección que es parcial…

Comandante Tomás Borge, comandante Humberto Ortega y Germán Pomares «El Danto» entrenando en La Habana, Cuba en 1978

M.H.- ¿Quieres decir que es la única en el país?

H.Q.- Sí, pero a su vez esa insurrección parcial es el alma de las masas á nivel nacional, se convierte en el corazón de la insurrección que tiene que darse a nivel nacional.

M.H.- ¿Cuándo ustedes planifican la insurrección de Monimbó se dan cuenta de los límites que tiene al ser una experiencia aislada?

H.O.- Es que nosotros no planificamos esa insurrección, sino que nos pusimos al frente de una decisión de la comunidad indígena. Monimbó ocurrió alrededor del 20 de febrero y se mantuvo como una semana más o menos. La toma de varias ciudades (Rivas, Granada) y las acciones del Frente Norte habían creado una gran expectativa en las masas, una gran agitación y ya se empiezan a recoger las consignas insurreccionales que el FSLN había lanzado a partir de octubre a través de panfletos, de pintas y moscas que se distribuían por todo el país, pero la vanguardia no había podido contractarse de forma más orgánica con aquel sector de las masas políticamente más inquieto. Este sector, alentado por los golpes efectivos propinados por el FSLN a la Guardia Nacional, en medio de la crisis política del somocismo y de los problemas sociales y económicos que se vivían, se fue por delante de la capacidad de la vanguardia de canalizar toda esa efervescencia popular.

El barrio de Monimbó, que es un barrio de Masaya de cerca de 20 mil habitantes, con zonas urbanas y rurales, empezó a prepararse en forma espontánea para la insurrección. Empezaron a organizarse cuadra por cuadra, cercaron todo el barrio con barricadas, comenzaron a posesionarse de los puntos claves del barrio. Comenzaron también a ajusticiar a todos los esbirros, comenzaron a ejercer la justicia popular por primera vez. Comenzaron a mandar como cuerpo sandinista sin tener Todavía la conducción organizada del sandinismo. Eso no significaba que allí no había sandinistas. Sí los había y precisamente Camilo Ortega se traslada a Monimbó, con contactos que allí teníamos, para tratar de dirigir esa insurrección y muere en esa acción.

M.H.- Bueno, eso es distinto, entonces no se trata de una insurrección planificada por ustedes. Ahora, ¿si Uds. hubieran podido, habrían tratado de detenerla?

H.O.- Era muy difícil hacer eso, porque ese levantamiento respondía al desarrollo objetivo de esa comunidad. Claro, dentro de nuestros planes quizás los hubiéramos postergado para más adelante u orientado de otra manera. Quizás no habríamos impulsado la insurrección armada de esa manera sino otro tipo de actividad de las masas, pero el hecho se dio así. Este sector de los indios responde inmediatamente así ante el incentivo de las tomas de las ciudades que el FSLN había realizado días antes. A finales de febrero la vanguardia todavía no tenía desarrollo organizativo y los elementos para poder conducir esa decisión y voluntad de combate que estaba presente en las masas.

M.H.- Porque una insurrección aislada implica sin duda que el enemigo pueda concentrar todas sus fuerzas sobre ella…

H.O.- Claro, y precisamente nosotros aprendimos esa verdad en la práctica.

M.H.- Entonces es importante conocer otras experiencias históricas para evitar errores …

H.O.- Sí, Nosotros, la vanguardia, conocíamos esas experiencias históricas pero las masas no las conocían.

M.H.- Entonces fue un aprendizaje del pueblo.

H.O.- Sí. Nosotros, la Vanguardia, conocíamos eso desde los clásicos. El principio de concentración de fuerzas es una verdad, es uno de los principios básicos de la guerra desde antaño.

Lo importante es que en el caso nuestro pasamos por esa experiencia a pesar de la vanguardia. Esta estaba clara que eso iba hacia un revés, pero a la vez un revés transitorio, porque la decisión de Monimbó contribuyó en la moral y los esfuerzos del resto del pueblo para ir a la insurrección.

Por eso, ¿hasta qué punto puede decirse que eso fue un error histórico? ¿Hasta qué punto eso fue un desacierto de las masas o simplemente fue lo que las masas podían hacer en ese momento? De hecho, ese ejemplo contribuyó, tanto a nivel nacional como internacional, para el triunfo y desarrollo de la insurrección después. Quizás sin ese paso doloroso, de sacrificio, hubiese sido más difícil lograr esa autoridad moral, esa agitación de masas nacional, ese espíritu de apoyo entre un hombre y otro hombre por haber visto cómo ellos se sacrificaban solos y, a su vez, el apoyo del mundo hacia un pueblo que, se estaba sacrificando solo. Quizás sin ese ejemplo hubiese sido más difícil acelerar las condiciones de la insurrección.

Esta fue una experiencia que nos enseñó a nosotros y que enseñó al pueblo. Con la experiencia que se da desde octubre hasta Monimbó nosotros confirmamos que hay una voluntad de las masas para ir a la insurrección, pero que hace falta más organización militar, más organización de masas. Hace falta que maduren más las condiciones políticas. Hace falta más agitación, hacen falta elementos de agitación superior, como es una radio clandestina. Hacía falta más que organizar a las masas, movilizarlas para la guerra, a través de mínimas formas de organización.

M.H.- El problema de la radio se lo plantean recién en esa fecha…

H.O.- Ya desde octubre, pero no habíamos podido montarla. Teníamos una radio que en 1960 la habían usado los primeros anti-somocistas, que estaba vieja y en ese momento no pudimos echarla a andar. Sin embargo, luego la arreglamos y la echamos a andar por esos meses del 78. Medio se oía allá por Rivas, medio se oía… Ya en esa época teníamos plena conciencia de la necesidad de una radio, de una forma de comunicación con las masas para educarlas para la insurrección.

Siguiendo con el desarrollo de la idea. Se da una acumulación de fuerzas en medio de una actividad tremenda de lucha, pasando por el ajusticiamiento del general Rehilando Pérez Vega, que era el jefe del Estado Mayor de la Guardia Nacional, pasando por la toma del Palacio en agosto y culminando la primera fase de todo este movimiento insurreccional, que parte en octubre del 77, con la primera gran insurrección nacional en septiembre del 78.

Comandante Humberto Ortega junto al comandante Edén Pastora

M.H.- ¿En ese momento, Uds. llamaron a la insurrección y pensaron que iba a ser exitosa?

H.O.- Nosotros llamamos a la insurrección. Se nos precipitaron una serie de acontecimientos, de condiciones objetivas que no permitieron que estuviéramos más preparados. De hecho, no podíamos decir no a la insurrección. El movimiento de las masas fue por delante de la capacidad de la vanguardia de ponerse al frente. Nosotros no podíamos ponernos en contra de ese movimiento de las masas, en contra de ese río, teníamos que ponernos al frente de ese río para más o menos conducirlo y enrumbarlo.

En ese sentido, la vanguardia consciente de sus limitaciones se pone al frente de una decisión general de las masas. Decisión y voluntad que a su vez fue tomada del ejemplo de Monimbó; que a su vez los indios de Monimbó tomaron de la vanguardia. O sea, la vanguardia dio la consigna con octubre, las masas la siguieron por primera vez en forma organizada en Monimbó, la vanguardia crea condiciones de ese ejemplo y las masas avanzan más rápido que la vanguardia, porque existían una serie de condiciones objetivas, como es la crisis social, la crisis económica, la crisis política del somocismo.

Y como estaba tan podrido el somocismo, cada acción nuestra multiplicaba con creces las apreciaciones que nosotros teníamos de la agitación y el impacto que cada uno de esos hechos debía tener. Nosotros no podíamos dejar de golpear por eso. Era muy difícil dar en el blanco. Dábamos en el blanco, pero no precisamente en el centro.

Nosotros vamos con un espíritu de triunfo, pero sabemos que teníamos limitaciones para ese triunfo. Sabemos que es difícil. pero sin ese espíritu no podíamos ir, porque es con ese espíritu que el hombre logra su máxima preparación anímica para dar su sangre.

Por otra parte, si en ese momento nosotros no dábamos forma a ese movimiento de masas, se hubiera caído en una anarquía generalizada. O sea, la decisión de la vanguardia de llamar a la insurrección de septiembre permitió ordenar ese caudal, permitió irle dando forma a la insurrección para el triunfo después.

M.H.- ¿Qué condiciones existían ya para la insurrección?

H.O.- Las condiciones objetivas de la crisis política y social estaban dadas. Pero las condiciones de la vanguardia, en cuanto a un poco más de nivel organizativo para conducir a las masas y sobre todo, el armamento, no estaban. El armamento no estaba dado pero el resto de las condiciones sí lo estaban.

M.H.- Había una crisis económica muy importante, pero Somoza todavía contaba con muchos instrumentos de poder: el ejército fundamentalmente …

H.O.- Correcto, precisamente el ejército. Y nosotros todavía no teníamos un elemento que era la experiencia de una insurrección nacional, el fogueo de las masas en esa experiencia y el conocimiento del enemigo, que demostró todas sus debilidades en esa experiencia. Y no contábamos con las armas suficientes, pero sí sabíamos que si la insurrección no triunfaba era, prácticamente, un golpe del cual no se iba a levantar jamás el somocismo. Teníamos plena convicción de eso y tan grande era nuestra convicción que al mes estábamos llamando de nuevo a la insurrección.

En tanto, había algunos compañeros de la izquierda que sostenían que septiembre prácticamente negaba la posibilidad de un triunfo a corto plazo, que esas acciones habían constituido un error estratégico, una derrota, y que por ello postergaban el triunfo definitivo.

Y estaban equivocados, porque septiembre no fue un triunfo, pero tampoco fue una derrota desde el punto de vista estratégico. Fue un logro histórico, con sus aspectos positivos y negativos.

M.H.- Entonces, ¿cuál es la valorización final?

H.O.- Que fue un logro, porque crecimos como vanguardia. Si participamos en esa insurrección 150 hombres, de allí salimos multiplicados en cantidades muy superiores. Estructurados en tres o cuatro veces esa cantidad y, en cuanto a posibilidades de captación, en miles. O sea, crecimos en hombres, y crecimos en armas, porque le arrebatamos armas al enemigo. Prácticamente no tuvimos muchas muertes en cuanto a la vanguardia. Hubo muertes por el genocidio del somocismo, pero cuadros muertos en el combate fueron muy pocos. O sea que conservamos nuestra fuerza.

M.H.- Y haciendo un balance desde el punto de vista militar.

H.O.- Conservamos nuestras fuerzas, adquirimos experiencia militar, recuperamos armas, conocimos al enemigo, destruimos medios de movilización del enemigo, destruimos blindados ‘del enemigo. Este tuvo más muertes que nosotros, porque el pueblo contribuyó a eso y también nuestro propio poder de fuego, y nos pudimos retirar -esto es una gran enseñanza- exitosamente. Pudimos, por primera vez, maniobrar militarmente, replegándonos a otros puntos de la misma ciudad y del campo, para acumular fuerzas para las nuevas jornadas insurreccionales ofensivas que después vinieron.

Entonces no se puede decir que fue una derrota. Derrota hubiera sido si nos hubieran exterminado, si nos hubieran quitado todas las armas, si nos hubieran disgregado, dispersado.

En ese sentido, a pesar de que no fue un triunfo militar, ya que no pudimos tomar los cuarteles en las cinco ciudades en que se dieron las acciones, fue un gran logro político.

Vuelvo a repetir que fuimos a la insurrección por la situación política que se había creado, para no dejar que masacren al pueblo solo, porque el pueblo, igual que en Monimbó, se estaba lanzando solo.

M.H.- ¿La masacre del pueblo se hubiera hecho entonces igual, con ustedes o sin ustedes?

H.O.- No, se hubiera hecho peor, porque nosotros por lo menos conducimos la voluntad del pueblo, así como en Monimbó, ahora en una magnitud más grande. Por eso yo te he dicho que nosotros tuvimos un desarrollo en espiral, ascendente. Aquí no se dio nunca el círculo vicioso.

En los últimos momentos, bajaban los campesinos a incorporarse a la lucha en las ciudades. En Chinandega, por ejemplo, se te llenaban las casas de seguridad dando clases de tres horas. El pueblo se iba a lanzar a las calles. Era el pueblo el que iba a la vanguardia de esa lucha. Entonces no quedaba otra cosa que ponerse al frente de esa ola para conducirla y tratar de obtener lo más positivo que ella pudiera dar.

Nos pusimos al frente de ese movimiento y lo dirigimos en cinco ciudades. Fue la primera insurrección nacional conducida por el sandinismo, pero que responde más que todo a una presión de las masas.

Comandante Humberto Ortega junto al Comandante Carlos Fonseca Amador, fundador del FSLN

M.H.- O sea que para llamar a la insurrección ustedes toman en cuenta principalmente el estado de ánimo de las masas.

H.O.- Correcta Porque el estado anímico de las masas se acrecienta, se profundiza y dinamiza con la toma del Palacio en agosto, que fue el ingrediente inmediato de la insurrección de septiembre.

M.H.- Y al planificar la toma del Palacio, ¿pensaron ustedes la repercusión que tendría en las masas?

H.O.- Sabíamos que se venía el movimiento de masas, pero preferimos que se viniera a que no se viniera. Lo importante era salirle al paso a la maniobra del imperialismo que pensaba montar en agosto, encaminada a un golpe de Estado para colocar una junta cívico-militar, para mediatizar Ja lucha revolucionaria. ..

Esta acción tenía que ver con esa maniobra. Nosotros veíamos que si no teníamos una gran organización partidaria, si no teníamos una clase obrera y en general las clases trabajadoras organizadas en bloque, la única forma de hacer presencia política era con las armas. Hubo por eso muchas acciones que por su forma eran militares, pero que por su contenido eran profundamente políticas. Ese es el caso de agosto.

Fue una acción militar pero que respondía a una coyuntura política más que a una situación militar. Así también fue en octubre del 77, respondía a la necesidad de recuperar la iniciativa militar y también de contrarrestar una maniobra política.

M.H.- O sea que cuando algunos se preguntan por qué ustedes se lanzan a la insurrección de septiembre sin haber logrado todavía la unidad de las tres tendencias eso se explica…

H.O.- En ese momento todavía no estaban dadas las condiciones de la unidad. Primero había que fortalecer más la lucha. Todas las tendencias trabajaban.

Fue así como poco a poco fuimos entendiéndonos, pero alrededor de una línea, que era la que en la práctica se iba imponiendo, no la nuestra sino la que el pueblo iba demandando.
Después de Monimbó nosotros desintegramos la columna Carlos Fonseca y la lanzamos a los centros más neurálgicos de la actividad económica, social y política del país. Para nosotros no existe esa dualidad montaña-ciudad sino estar en las masas.

Dispersamos esa columna de 40 hombres y mandamos unos a Estelí, otros a Managua, otros a León… La columna permitió educar a esa gente, permitió una formación más integral, porque estaban reunidos allí al calor de miembros de la Dirección como Germán Pomares, y otros dirigentes de nuestra Dirección Nacional. Así se formó un grupito de cuadros que nosotros lanzamos luego a la ciudad, a preparar la insurrección que nos enseñó Monimbó.

Con todo lo que pasó de octubre a Monimbó nosotros decíamos: hay que ponerse al frente de ese movimiento de masas. Para no dejar que la represión lo agote, porque si éste se agota por muchas columnas guerrilleras que tengamos no triunfaremos en un corto plazo.

Entonces, el eje central del triunfo no fue militar, fue la participación de las masas en esta coyuntura insurreccional. Nosotros luchamos siempre porque se mantuviera la actividad de las masas. Y ya al final ésta estaba decayendo, eran dos años de actividad ininterrumpida después de octubre y la represión era cada vez peor. La Guardia Nacional se disfrazaba de guerrilleros, de insurrectos y, como la noche era de los guerrilleros, salía a los barrios y mataba a la gente. La represión era tal ya que algunos sectores del pueblo comenzaban a replegarse.

Para nosotros toda la estrategia, todos los presos políticos y militares se dieron alrededor de las masas, de que el estado de ánimo de las masas no decayera, y por eso hacíamos acciones que no encajaban dentro de una complejidad político-militar y de un plan, pero sí respondían a la necesidad de seguir motivando a las masas, de seguir dándoles oxígeno para que no decayera ese movimiento de masas en las ciudades, que nos permitía a nosotros acumular fuerzas. Fue la actividad de las masas lo que permitió al movimiento armado acumular las fuerzas que necesitaba esa misma masa.

Nosotros actuábamos para que esa masa se mantuviera en movimiento y por eso a veces aparecían acciones aisladas de un plan militar, pero correspondía a una situación estratégica político-militar que era mantener la presión de las masas, darle oxígeno a las masas, porque sólo en esa medida se tenía posibilidades de triunfo en lo militar.

Nuestra estrategia insurreccional estuvo gravitando alrededor de las masas y no de lo militar. En eso hay que estar claro.

M.H.- Pero, de hecho, el que el acento haya estado en la insurrección urbana y no en la columna guerrillera ¿no implicó un demasiado alto costo humano y material? El hecho de que la lucha se haya centrado en las ciudades hace más fácil la represión, por ejemplo los bombardeos de las ciudades…

H.O.- Esta pregunta no tiene sentido, porque esa era la única forma de lograr el triunfo en Nicaragua. Si no hubiera sido así nunca hubiera habido triunfo. Nosotros sencillamente pagamos el costo de la libertad. Si hubiera existido un camino más ahorrativo lo habríamos elegido, pero la realidad nos enseñó que para triunfar había que partir de esas situaciones que se vinieron acumulando, bien o mal, desordenadamente, y que llevaban a un costo social muy alto.

Tratar de explicar a las masas que ese costo era muy alto y que buscaran otro camino habría significado la derrota del movimiento revolucionario y más que la derrota: caer en una utopía, en un paternalismo, en un idealismo.

Los movimientos de liberación deben aprender que el costo de su lucha será aún mucho más caro que el nuestro. Yo por lo menos no concibo un triunfo en América Latina y en ningún lado que no se dé con la participación masiva de la población y con una crisis total, económica, política y social, similar a la que se dio en Nicaragua.
En ese sentido hay que señalar, en mi opinión muy particular, que considero bastante difícil tomar el poder sin combinar creadoramente todas las formas de lucha allí donde éstas se puedan desarrollar: campo, ciudad, barrio, zonas montañosas, etc., pero gravitando siempre alrededor de una concepción en donde las masas activas sean el eje central de esa lucha y no donde el eje central sea la vanguardia concibiendo a la masa sólo como un apoyo de la misma.

Nuestra experiencia demostró que es posible la conjugación de la lucha en el campo y en la ciudad. Nosotros tuvimos lucha en las ciudades, en las vías de comunicación, como también columnas guerrilleras en los centros rurales y montañosos. Pero estas columnas no eran el eje del triunfo, simplemente eran parte de un eje superior que era la lucha armada de las masas. Ese es el principal aporte.

En mayo, después de septiembre, el movimiento avanza en fortaleza militar y política, se profundiza la actividad de las masas, las barricadas, la lucha diaria en los barrios, cosa que no se habría podido hacer si hubiera habido una derrota estratégica.

De septiembre hasta que lanzamos la Ofensiva en mayo, el peso de la actividad militar lo soportan las columnas guerrilleras del Frente Norte y las de Nueva Guinea, que son columnas que están en zonas rurales y montañosas. La ofensiva final comienza con la toma del poblado de El Jícaro en Nueva Segovia. Aquí, en el mes de marzo, el comandante Germán Pomares realiza distintas actividades militares que logran dominar a la guarnición enemiga y a la vez atraer y hacer caer en varias emboscadas a los refuerzos que envía la Guardia Nacional en auxilio de las fuerzas derrotadas en El Jícaro. Estas acciones continúan con la toma de Estelí en abril realizada por la columna del Frente Norte Carlos Fonseca. La toma de Estelí fue obra de una columna guerrillera, no de una insurrección popular. Fue después de la acción de la columna que se agruparon las masas.

M.H.- Pero, ¿por qué se toma nuevamente una ciudad aislada?, ¿no se repite con ello la experiencia de Monimbó?

H.O.- No, porque en Estelí no fuimos derrotados, la Guardia no pudo desbaratar a la gente que estaba allí. Los compañeros se retiraron rompiendo el cerco y demostraron cómo miles de guardias no fueron capaces de vencer a una columna de menos de 200 hombres. Es cierto que la toma de Estelí fue desproporcionada en ese momento. Lo que ocurrió es que se orientó hacer acciones por la zona de Estelí directamente. Eran acciones que estaban dentro del perímetro del Frente Norte, eran tácticas de apoyo mutuo entre las fuerzas del Frente Norte. Pero la situación del país estaba tan podrida que la toma de Estelí creó una expectativa nacional que aceleró la ofensiva insurreccional.

Después de septiembre, entonces, el peso de la guerra lo sostienen las columnas guerrilleras del Frente Norte. Se mantiene al mismo tiempo un hostigamiento nacional con las milicias y demás unidades de combate de las fuerzas sandinistas. Se elimina a centenares de esbirros y de chivatos. Después de la insurrección el pueblo se da cuenta de que no perdió y quedó enardecido con la represión.

Grupo de los 12, al centro el comandante Humberto Ortega, año 1977

M.H.- ¿Es decir que el tipo de golpe que se va dando al enemigo es más grande que la represión que éste puede desatar?

H.O.- Es más grande. El pueblo ya está curtido y tiene tanta sed de triunfo que los crímenes de septiembre, lejos de amilanarlo lo estimulan. Todos tuvieron un pariente muerto o un amigo, existía sed de venganza. Venganza popular es lo que quería el pueblo y nosotros no nos íbamos a oponer a ello.

La ofensiva se inicia en marzo del 79 con la toma de El Jícaro. En ese momento se estaba realizando la unidad de las tendencias. Todas estaban de acuerdo en que se debía iniciar una ofensiva por el Norte, ya había un consenso por la insurrección. Al Jícaro le sigue Estelí. Después de Estelí sigue lo de Nueva Guinea. Un revés militar para nosotros, sin embargo, empantanó al enemigo, lo desgastó. Fue un sacrificio de 128 hombres… El plan era correcto, pero los compañeros no pudieron enfrentar algunas situaciones tácticas y fueron golpeados por el enemigo.

M.H.- ¿Cuál era el plan de Nueva Guinea?

H.O.- Meter esa columna allí, empantanar al enemigo, guerrillear, en tanto en el resto del país esto creaba condiciones para que, una vez la Guardia dispersa, se realizara un trabajo político-militar en las ciudades. Así la represión se iba a sentir menos porque la Guardia iba a estar empantanada en Nueva Guinea. Pero los compañeros en lugar de guerrillear, se metieron en las zonas llanas, donde fueron más fácilmente golpeados.

M.H.- O sea que ya en ese momento el centro de la lucha se ha desplazado a las columnas guerrilleras.

H.O.- El movimiento de masas no permitía al enemigo volcar toda su fuerza militar adonde estaban las columnas, pero a su vez el movimiento de las columnas obligaba al enemigo a dirigirse hacia ellas, lo que aliviaba la lucha de las masas en las ciudades.

El enemigo estaba en un callejón sin salida. Si abandonaba las ciudades, el movimiento de masas se le iba arriba. Si se quedaba en las ciu4ades, se facilitaba el movimiento de las columnas guerrilleras.

M.H.- ¿Esta forma de combinación de la lucha armada fue algo pensado de antemano o se fue aprendiendo en el camino?

H.O.- Mira, son cosas que se van aprendiendo en la lucha y se les va dando forma. Nosotros sabíamos que iba a ser así. Planificando una actividad en el Norte para que la Guardia fuera al Norte y que el resto del país se preparara más fácilmente.

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