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Ezequiel Molina | Noviembre 19, 2024          

La historia nicaragüense es muestra irrefutable de una incauta inclinación hacia liderazgos que inequívocamente han resultado ser un fiasco, tal vez porque ante los trascendentes momentos de transformación crucial en la vida sociopolítica del país, hemos caído en la trampa del discurso elaborado con habilidad embaucadora, que infaltablemente ha sellado nuestro destino hacia el entreguismo vendepatria como designio inexorable, la pobreza estructural como determinismo geográfico y el oportunismo político como endemia incurable; de ello  han surgido y se han consolidado grupos de poder, que actuando como delegados de potencias extranjeras y mezquinos intereses personales han perpetuado un modelo de desigualdad, corrupción y crimen, creando un carrusel que nos ha empantanado en el círculo vicioso de cacicazgos, dictaduras y oligarquías notoriamente apalancadas por séquitos de aduladores y serviles, que más de una vez han saltado del barco en llamas para reaparecer en el nuevo escenario como víctimas del elevado y doloroso menú de maldades, que con cinismo crearon, ejecutaron y aplaudieron sin reparo alguno.

Podemos confiar que la decadente dictadura Ortega Murillo a través del supino servilismo con potencias económicas que pretenden construir la multipolaridad, soslayando los principios democráticos, la libertad económica y la transparencia administrativa, terminarán dinamitando su propio reducto. Es un hecho que fracasaron en su intento de alcanzar la “normalidad” en el país, su política exterior, pretendiendo vender una imagen de país exitoso, ha sucumbido en todos los foros donde ha pretendido vanagloriarse, y es que el único e innegable triunfo, hasta ahora, que la pretendida familia dinástica ha logrado tejer, es el de contar con una fuerza represiva guiada por el principio de tolerancia cero frente a cualquier intento de disensión a los dictados del régimen. A ello se suman los indicadores económicos, que navegan en el mar de la incredulidad ciudadana, la inefectividad burocrática y la creciente brecha de desigualdad del ingreso, eso sí, amparada por los tecnócratas del Fondo Monetario y el Banco Mundial, que refrendan las frías cifras de la dictadura, olvidando los indicadores básicos de una economía sustentablemente exitosa: un modelo educativo pertinente, un sistema productivo vinculado a las potencialidades del territorio articulando saberes, innovación, productividad e inteligencia de mercados, un modelo político de libertades y un sistema jurídico respetuoso del derecho ciudadano e implacable frente al delito.

No debemos, ni podemos, eludir la responsabilidad ciudadana de inmiscuirnos en política, como garantes y fiscales del desempeño de quienes asuman la función pública, basta de aquella frase que hemos repetido durante décadas, “la política es para los políticos”. Esa repetición, en la práctica, nos ha dejado funestos resultados, la hora de encarar esa realidad tendrá que llegar, y todo hace indicar que llegará pronto.