Ezequiel Molina | Mayo 30, 2025
El deterioro del sistema político, especialmente de las partidocracias que han incumplido su propósito en muchos países, ahondando las desigualdades en la distribución del ingreso, incrementado los escándalos de corrupción, perdiendo contacto con la gente, expandiendo los desequilibrios territoriales y resquebrajando el frágil modelo de cohesión social, ha dado lugar a una oleada de outsiders, que han incursionado en la lucha por la toma del poder con bastante buen suceso; esta “nueva” generación de políticos, ha logrado proyectar una personalidad cuasi mesiánica a través de un altisonante discurso cargado de utopías, vendiendo la idea de ser capaces, ya sea por su formación académica, su experiencia en temas económicos, o su capacidad de ganarle la partida a los políticos tradicionales, la posibilidad de dar un radical giro a la sociedad, acabando con todo aquello que ha afectado a la población por largo tiempo, prometiendo un renovado modelo que exterminará la pobreza, vendiendo el sueño de una gestión económica transparente y un sistema de justicia que castigue a quienes se han enriquecido manipulando los recursos públicos.
Pero la realidad ha mostrado unos resultados diferentes, Milei en Argentina, Chaves en Costa Rica, Petro en Colombia o Bukele en El Salvador son el cuarteto más visible en la región de esta oleada política, que aunque no son tan outsiders de la política, son personajes que llegaron al poder con una prédica anti sistema, pero su gestión vista desde una perspectiva objetiva y más allá de algunos puntuales, y sosteniblemente frágiles éxitos económicos, sociales o de seguridad, han creado una ola populista que trata de redefinir el sistema político y el orden económico basado en un simplismo que trata de fragmentar a la sociedad en una dicotomía entre buenos y malos, en donde ellos, con las grandes mayorías de su lado, representan lo bueno y un futuro sin margen de tiempo.
En el caso Nicaragua, debemos estar atentos para evitar que el populismo se perfile como opción una vez caiga la dictadura, porque la destrucción institucional que heredaremos será tan profunda que podríamos correr el peligro de poner oído a alternativas políticas que prometan el cielo y las estrellas en un corto plazo, obviando las dificultades que la realidad demanda. Para evitar el triunfo de cantos de sirena, debemos contar con un plan de nación que privilegie la búsqueda de un modelo socioeconómico que abandone el cortoplacismo en el planteamiento de metas, diseñando una arquitectura consistente con las reivindicaciones postergadas en un pasado dilatado en extremo; deberá tratarse también con carácter perentorio, la construcción de un sistema de justicia que apuntale la preeminencia de la ley, primero a través de la justicia transicional y después con el establecimiento de un modelo que responda al nuevo pacto social basado en la equidad, el humanismo y el máximo respeto a la diversidad étnica, socioeconómica y política del país. Será una tarea difícil, llena de obstáculos y cargada de detractores; sólo el concurso de todos, anteponiendo a Nicaragua primero, lo que nos enrumbará hacia la paz, el desarrollo y la libertad.
